Sentí la soledad, me apretaba fuerte, yo no quería, pero ella estaba dispuesta a mantenerme en su prisión. Decidí, me costó... pero decidí abandonarla. Pensé que no tenía derecho a retenerme en contra de mi voluntad. Salí a la calle, dispuesta a olvidarla, y encontré una grata compañia. A mi paso, se me ofrecían toda una serie de encantos que estaban dispuestos, a formar, parte inseparable de mí. Percibí sensaciones, que entraban dentro de mi cuerpo a través de mis sentidos. Los naranjos exultantes de azahar, lo derramaban inpregnandome con su olor. Los pájaros me regalaban los oidos, y recordé que a díario, fieles a nuestra cita, venían a beber el agua de la fuente ´de mi patio. Sentí la brisa, acariciando mi piel suavemente. Degusté un sorbo de vida, y al fin vi. Había estado sin olfato, sorda, muda, insensible y ciega. Vi, como un amplio abanico de posibilidades se me brindaba, para no tener que volver a ser compañera de la tirana...
Sólo yo, tenía la clave. Sólo yo, la llave, para abrir o cerrar la puerta hacía el futuro. Sólo yo, podía elegir: un futuro donde primara la oscuridad, o por contra, uno que me proporcionara, seguridad, bienestar y la emoción e ilusión suficiente, para afrontar, que aquí estamos para algo más que para sufrir.
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