Amigos:
Aquí expongo otro de mis relatos, en este caso, surgido de mis vivencias y experiencias durante los periodos que tuve la suerte de pasar en Estados Unidos. Espero que os guste y divierta tanto como los otros relatos que ya tengo colgados en esta página. Os aviso que este es más largo que los otros, pero, por ello y según mi criterio, mucho mejor.
Un saludo
AVENTURA EN ESTADOS UNIDOS:CUT EN U.S.A
El estado de Michigan es uno de los más conservadores dentro de los Estados Unidos. Su población mayoritaria y predominante es WASP, White Anglosaxon Protestant, es decir, blancos protestantes anglosajones americanos. Son descendientes de aquellos holandeses, ingleses, irlandeses, daneses, nórdicos y alemanes que fueron llegando a Estados Unidos y que, junto al "lobby" judío, podría decirse, sin temor a equivocarse que son la raza más influyente y poderosa del mundo.
Michigan se encuentra en el centro norte del país y es conocido como el estado de los grandes lagos, pues limita con cuatro de éstos: Superior, Hurón, Michigan y Erie. También tiene frontera con Canadá (Toronto está a una hora y es una ciudad con una calidad de vida destacable (to tell you the truth, it is very cool), a decir verdad, es una gozada.
La principal ciudad de Michigan es Detroit, la mayor ciudad productora de coches del mundo.
Cut, nuestro personaje, se fue a pasar el verano del 89 a Grand Rapids, Michigan. Meses antes había conocido en Sevilla, su ciudad natal, a Bel, de Bella, una chica magnífica. Bel era WASP, de buena familia, pero no por ello y como correspondería a sus orígenes, tradicional y fachilla, sino que tenía un punto "hippy" que le imprimía personalidad. Vino a la capital de Andalucía a estudiar la lengua de Cervantes.
Bueno, de Don Miguel y de Quevedo, la lengua más afilada de la Corte de Felipe II, y de Gracián, padre del conceptismo y autor de la magnífica frase “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Estos autores, junto a Lope y a Góngora son los padres de todo lo que vino después. O sea de Don Pio Baroja, escritor inmenso, de Valle-Inclán, esperpéntico; de Unamuno, creador del pesimismo que impulsa, el pesimismo constructivo, gran paradoja; también aquellos autores son los progenitores de Lorca, de Hernández, de Cernuda y Rubén Darío; de Delibes, grande donde los haya; de Cela, mordaz, de Ortega y Gasset, máximo y, también, porque no, de Pérez Reverte, facha colérico y mediano escritor, pero que también escribe en castellano.
Y, si cruzamos el charco nos encontramos que usuarios del español fueron el gran Cortázar, Benedetti, Neruda y Borges, representando al cono sur; asimismo Gabo G.Márquez, quizás el mejor novelista sudamericano del pasado siglo, Vargas Llosa, algo fachilla pero gran narrador y el inclasificable Bryce Echenique, representando a los países andinos. Y en fin, con este pequeño homenaje a estos célebres autores me he desviado de la historia que me propongo contar, la cual, si me lo permiten, retomo y continúo.
Fue de noche, como no, en la discoteca Groucho, sita en el Arenal, donde la vio por primera vez. Estuvo mirándola un rato y ella reparó en su marcaje visual admitiéndolo con una sonrisa. La música tronaba fuerte. Justo cuando el disc-jockey se animó a poner el éxito del momento, el “Sweet child of mine”, de los GUNS N’ROSES y exactamente en el momento que Slash se estaba recreando en su solo de guitarra, Cut acortó la distancia que los separaba, se acercó a ella, le dijo algo al oído, imposible de que se enterara y acto seguido, la beso suavemente en los labios. Ella aceptó el beso un tanto asombrada, cogida por sorpresa, pero cuando Cut se separó, la miró a los ojos y repitió la operación, esta vez asiéndola por la cintura y metiéndole la lengua en la boca, quedó claro, que también ella deseaba el dulce ósculo del galán.
A partir de ahí, todo surgió como en un sueño. Se enamoraron, vivieron cuatro maravillosos meses en Sevilla, viajaron juntos por España, Portugal y Marruecos y cuando ella tuvo que volver a su casa, en el mes de junio, Cut se las ingenió para hacerse con unos dólares, los suficientes para un pasaje de avión y un remanente con el que tirar unos meses, y allí que se plantó en el país de Lincoln.
Cut pisó tierra norteamericana el dos de julio de 1988. Después de pasar por los aeropuertos de Dallas Foxworth y de Chicago O’Hare, cogió un tren, Amtrax por más señas y llegó a su destino, Grand Rapids, el día tres de julio, donde ella lo estaba esperando con un hermoso sombrerito azul y un Pontiac del 78 en la puerta de la estación.
Pasaron unos días en casa de los padres de ella; su padre, Míster Solon Toorn, era un dentista retirado a los 41 años por un prematuro e implacable Síndrome de Parkinson que le hacía mover el cuello y las extremidades de una manera compulsiva y constante, lo cual, lo incapacitaba para la práctica médica. Era un buen hombre, muy sufrido como se comprenderá, que vista su situación y su obligado retiro, decidió dedicar su tiempo y su vida al estudio, concretamente a la teología y otras ramas del saber espiritual. Su madre era una auténtica psicópata, una enferma mental. Uno de los rasgos principales de su perturbación era el horrible hecho de que gozaba haciendo sufrir a su hija, insultándola y provocándole todo el daño psicológico que le era posible.
Vista la situación familiar Cut le sugirió la posibilidad de buscar una casa para ellos dos, lo que en tres días solucionaron alquilando una casita en el “down town”, el centro de la ciudad. El siguiente paso fue buscarse un trabajo y en una semana lo encontraron. Ella como cajera en un hipermercado de la cadena MAYERS, y él como pintor de brocha gorda. Trabajaba para una empresa que pintaba las fachadas de las casas, con vistas al duro y húmedo invierno que todos los años aparecía a finales de Octubre, principios de Noviembre y se extendía hasta los meses de Marzo, incluso Abril. Su jefe y patrón, Tim, era un amigo de Bel que se hizo íntimo de Cut nada más conocerlo.
Eran jóvenes, estaban enamorados y la vida les sonreía. Eran felices. Michigan en verano es una delicia: todo verde, plagado de bosques surcados por infinidad de ríos y riveras. Temperatura media: 28 grados. Qué más podían pedir.
Se compraron una moto por 250 dólares, una Honda 360 de 1975, en perfecto estado, una ganga. Los fines de semana paseaban por las carreteras del estado, acampaban en el campo e iban a la playa, a una hora escasa de la ciudad. Entre semana, él la recogía a la salida de su trabajo con su nueva moto.
Un día entró en el hipermercado donde ella trabajaba, un poco antes de su hora de salida. Tenía que comprar algunas cosas para la casa y algo de comida. Tomó un carrito y cogió aquello que necesitaba. Se fue a la caja donde estaba ella. Hablaron y bromearon mientras pasaba el pedido y al final Bel le dijo:
- Son dos dólares con cincuenta.
Cut quedó sorprendido mientras Bel le sonreía cómplice. Pagó y salió del hiper a esperarla. Al rato llegó.
- Qué has hecho, era mucho más, por lo menos cuarenta dólares.
- Ya, y qué, nadie se dará cuenta – dijo ella con una sonrisa picarona.
Se fueron a casa. Retomaron el tema al llegar y después de sopesar pros y contras convinieron que no lo harían más. Era muy arriesgado y moralmente pésimo. Además, de momento no tenían necesidad ninguna. Al día siguiente volvió al hiper, cogió lo necesario y pasó por su caja.
- Son veinte con sesenta, señor – bromeó Bel
Cut pagó y se fue a esperarla apoyado sobre su moto. Cuando llegó, se abrazaron y se comieron a besos, ansiosos de llegar a casa para continuar con su particular festín. La convivencia iba sobre ruedas y se querían más que nunca.
Aparte de los amigos de Bel, Cut empezó a hacer nuevos amigos y el primero de ellos fue el vecino del pareado adjunto donde vivían. El tipo se llamaba Max. En pocos días y dado el espíritu expansivo de Cut, se hicieron buenos amigos. Tenía 40 años y era veterano de la guerra de Vietnam. Vivía bien, gracias a una paga que le pasaba el Gobierno americano como consecuencia de una psicopatía que desarrolló poco después de regresar de la contienda. Digámoslo más claro: retornó más chalado que una cabra, aunque pasado el tiempo y a simple vista no lo parecía. Un gran número de jóvenes norteamericanos fueron a aquella maldita guerra pensando que iban a salvar a aquellas gentes de las hordas comunistas que invadían esa parte del mundo. Estaban convencidos de que defendían la democracia y el modelo de vida occidental, por lo que pensaban, que venciendo en esa guerra conseguirían instaurar ese modelo ideal en el Vietnam. Pues bien, todo era una gran mentira y muchos de estos muchachos volvieron convertidos en distintos tipos de psicópatas con diversos grados de enajenación: unos regresaron drogadictos, enganchados a la hierba o al opio; otros volvieron alcohólicos; más grave fueron los que, a causa del trauma que les produjo el enfrentamiento bélico, se convirtieron en violadores, criminales, asesinos o torturadores, terminando en cárceles o abatidos por las mafias o la policía; por último, otros muchos regresaron perturbados de muy diversas maneras. Los horrores de la guerra, las cosas que vieron y que les mandaron hacer allí pudo con muchos de ellos. La llamada guerra del Vietnam fue un conflicto bélico muy sucio, en el que se cometieron auténticas barbaridades perpetradas por uno y otro bando. Se produjeron multitud de masacres, asesinatos y violaciones, a veces de “motu proprio”, decididas y ejecutadas por los soldados y en otras muchas ocasiones, ordenadas por el Estado Mayor, al objeto de ganar la guerra y que hacia la vista gorda ante las barbaridades que allí se cometían. Finalmente, cuando la Administración de Nixon decidió salir de Vietnam, dando la guerra por perdida, el Gobierno, para lavar su asquerosa conciencia, decidió clasificar a todos estos “enfermos de guerra” como inútiles laborales y compraron su silencio y conformidad con una paga, para después olvidarse de todos ellos. Por su parte, la sociedad, el pueblo, la gente simplemente calló, humillada como estaba por la derrota a la que fue sometido el gran imperio americano.
Max pertenecía al grupo de los obsesivos-compulsivos, con una fuerte dependencia de la marigüana y los barbitúricos y con varios pedazos de esquirlas de una mina que le destrozó la pierna derecha, la cual llevaba arrastrando y se apoyaba en un bastón. Por lo demás, se pasaba el día colgado, fumando hierba, bebiendo cerveza y durmiendo a base de Valium. Aún así era un tipo agradable, simpático y educado. Eso sí, algo raro, bueno, muy raro. Cut subía por las tardes, un rato, antes de ir a por Bel y compartía con Max unas caladas de hierba que consumían en una pipa que se había hecho, muy ingeniosamente, utilizando dos casquillos de su M-14. Lo llamaba "shotgunning", (disparar con una escopeta), es decir, aspirar el humo de la marihuana por el cañón de un arma para intensificar sus efectos, en este caso por los casquillos. Charlaban mientras escuchaban la música que los soldados oían en las trincheras (The Doors, los Rolling, Jefferson Airplane, Jimi Hendrix, etcétera). Entonces Max le iba relatando sus historias de aquella terrible experiencia. Le contó, por ejemplo, como un día, moviéndose con un escuadrón de diez hombres por la espesura de la selva fueron atacados por un grupo de vietcongs. En el fragor de la lucha, gritos, golpes y tiros, tiros por todos lados, uno de aquellos malditos amarillos, así los llamaba, le saltó encima desde un árbol con un afilado cuchillo entre las manos. Max consiguió zafarse del chino y con prontitud lo ensartó en la bayoneta de su amado M-14. Continuaba el relato, cada vez más entusiasmado y detallaba como se la metió por el ojo izquierdo. Obviamente y según su expresión, " the fucking Ho-Chi-Ming stop to smoke inmediatly", el jodido Ho-Chi-Ming dejó de fumar en el acto. Mientras contaba la acción su tono era divertido, pero casi siempre, al final, quedaba melancólico y en silencio durante un rato. A Cut esos momentos le desasosegaban, pues era cuando aparecía el Max más raro e inquietante y descubrió que para que superara el trance la mejor técnica era solicitarle que le enseñara su arsenal, del que estaba sumamente orgulloso. Eso, invariablemente lo animaba y volvía a ser el Max divertido y ameno. Se levantaba y las iba trayendo una a una mientras le daba a Cut un curso de marines acelerado. Tenía dos granadas tipo "lemon", una inerte y la otra todavía sin usar, con la anilla puesta. Le gustaba fantasear con la idea de retirarle la anilla. Cut reía nervioso. Además tenía tres granadas-humo M-18, las tres listas para usar; una granada piña, inerte, dos cuchillos US Marines, malos para cortar jamón, pero ideales para cuellos vietnamitas y que según contaba, ambos fueron utilizados con resultados excelentes. Además, era dueño de un Colt M1911, en su modelo A1, el más común en tan cruenta guerra y que Max conservaba en perfecto estado de revista; no en vano, lo desmontaba, engrasaba y volvía a montar casi semanalmente. Por supuesto Cut asistió a una demostración de cómo se hacía el mantenimiento de la pistola. Para entonces, Max alcanzaba el máximo de placer pues llegaba el turno de sacar la joya de la corona, según sus palabras, su más preciada posesión, lo mejor que le dejó aquella guerra: Su rifle M-14 SNIPER con munición calibre 7,62 milímetros, de la que tenía un par de cajitas. Cut recibió un detallado informe de cómo montar y desmontar en menos de tres minutos dicho fusil, no tuviera Cut que partir al día siguiente a una guerra y careciera de ese tipo de información tan valiosa para semejante menester. Un día, para rematar todo este despliegue bélico, Max le enseñó sus medallas; tenía varias. Pero el “súmmum” de toda esta locura y lo que más le impresionó fue un informe militar donde se daba fe de que el Sargento Max Foster tenía catorce muertes fehacientemente constatadas.
- Y yo te aseguro que al menos tengo veinte más – decía entre vanidoso y ufano. Date cuenta que a veces disparábamos al bulto, aunque yo los veía caer.
Por lo demás y hasta aquel momento, el viejo Max era un tipo simpático, algo pirado pero inofensivo. Además, tenía un dealer que le pasaba una hierba, procedente de la isla de Maoui, a la que Cut se fue aficionando y por lo cual siguió subiendo, atraído también por aquellas historias con las que le nacían sentimientos realmente paradójicos. Otras tardes Max gustaba de hablarle de otros temas y en esos casos contaba historias de su infancia y su familia. Aún así el tono y el guión seguían siendo tremendamente escabrosos. Según refería de un modo amargado y salpicado de arrebatos violentos y agresivos, su padre, también marine del ejercito de los Estados Unidos, sirvió y luchó en la segunda guerra mundial, en la zona del Pacifico, contra los japoneses y posteriormente en Corea. Al parecer, entre guerra y guerra y para no perder el ritmo de combate, en cuanto se encontraba en casa, se dedicaba a zurrarle la badana a él, a sus dos hermanos, a sus dos hermanas y a su madre y, en general, a todo aquel que osara llevarle la contraria y, en muchos casos, no hacía falta ni eso. Borracho y pendenciero, el teniente Frank Foster era un tipo de casi dos metros, con una preparación militar impecable, es decir, era una máquina de matar, al que le encantaba desplegar y hacer uso de su fuerza por el simple placer de enseñarla. Entraba en un bar, se tomaba varios bourbon, Jack Daniels era su marca favorita, lo acompañaba de múltiples cervezas, de preferencia Miller’s y cuando se encontraba a gusto elegía a sus víctimas. Se acercaba a uno o varios tipos, entablaba conversación y, poco a poco y con sutilidad, a veces sin ésta, los increpaba hasta conseguir su objetivo, salir a la calle a partirse la cara impunemente. Se estima que ganó el noventa por ciento de sus peleas. Por este motivo pasaba cortas temporadas en la jail, donde era célebre y respetado. Por ende, la criaturita era espeluznantemente mujeriego y gracias a su físico, dotado de un bonito rostro y un cuerpo espectacular, el cabrón tenía éxito. Las mujeres caían fáciles en sus garras. Las llevaba invariablemente a un “garçonier”, un picadero que tenía en un apartamento que heredó de su madre y una vez allí se quitaba la máscara de conquistador y sacaba su verdadero rostro, dejando que surgiera la furia que lo embargaba con la que atormentaba a aquellas pobres chicas. No les hacía el amor, imposible usar tal expresión; les practicaba un sexo violento, plagado de golpes y vejaciones, de sumisiones y juegos sádicos de amo y esclava que varias veces acabaron en denuncias por malos tratos, por parte de alguna valiente que se atrevió a hablar, a pesar de las amenazas a las que las sometía. Sólo una vez fue condenado por ello. Hubo un testigo; un adolescente rijosillo que se subió por la escalerilla de incendios para mirar por una ventana, quedando tan horrorizado con la escena de sadomasoquismo que allí vio que fue directamente a la policía y lo denunció. La policía derribó la puerta y se encontró a la pobre chica desnuda a cuatro patas andando por la habitación, mientras el teniente la llevaba con correa y bozal. Un par de meses en la jail y asunto arreglado.
- Sabes, no recuerdo que mi padre me besara nunca, ni le recuerdo una palabra amable; una vez, vino a verme jugar un partido de beisbol; tenía yo diez años. Yo jugaba en segunda base. El “score” indicaba seis carreras a cinco, a favor nuestro y era la última entrada. Bateaban ellos. Ellos tenían dos chicos, en primera y segunda base respectivamente y un eliminado. Sólo necesitábamos eliminar a dos más y ganaríamos el partido. Nuestro pitcher lanzó la bola, una bola rápida, pero el bateador la golpeó con su bate. La bola salió hacia la zona izquierda del campo. El mediocampo de esa zona la cogió y rápidamente la lanzó al tercera base nuestro que la recibió sin problema. El corredor de la segunda base de ellos quedó eliminado, pero aún teníamos que eliminar a uno más. El de la primera base corría hacia mi base, la segunda. Yo sólo tenía que recibir la pelota del tercera base y quedaría eliminado. Me lanzó la pelota con fuerza. El sol me daba de frente y la bola se refugió en el fulgor. De repente la perdí de vista, no la veía. Coloqué mi guante dispuesto a recibirla y la bola, implacable, me golpeó en pleno rostro, entre los ojos. Sentí un dolor agudo y caí al suelo de espaldas con la bola a dos metros escasos de mí. La gente gritaba y mis compañeros me chillaban – Max, coge la bola y lánzala a la base -. El que estaba en primera base de ellos paso volando por encima de mí. Sentí su aire. Traté de incorporarme y lo conseguí con esfuerzo. Sentí pasar al bateador por mi base, rumbo a la tercera y a casa. Estaba mareado, no veía con nitidez. Miré a mi alrededor – a tu derecha, a tu derecha – gritaban mis compañeros y vi la bola en el suelo. Tan rápido como pude me desplacé hacía la bola y traté de cogerla, pero veía doble. Tanteando como un ciego conseguí agarrarla. El primero de ellos corría ya desde la tercera base hacia casa con lo que, de llegar, marcaría un punto – Lánzala a base, Max – me aullaban los míos. Me giré hacia el punto requerido y lancé la bola con todas mis fuerzas, con tanto ímpetu que salió muy alta…. la cogió uno del público. Los dos corredores del equipo contrario entraron, brazos en alto, en la base, marcando dos puntos, los suficientes para remontar y dejar el marcador en un seis a siete, sin lugar a dudas, perdedor. Entonces caí al suelo de nuevo, esta vez boca abajo y escuché las pullas, agravios e insultos con los que mis colegas me obsequiaban. Hasta el entrenador vino hasta mí y me dijo en voz alta:
-
- Eres un idiota, nos has hecho perder un partido que teníamos ganado. Quedas fuera del equipo – y se fue con los demás.
-
Yo me quedé allí, sólo, en medio del campo, tirado en el suelo boca abajo y las lagrimas me resbalaban, mezclándose con el sudor, la rabia, la cólera y la indignación.
Quedé así largo rato, hasta que todos se fueron y cuando dejé de oír ruido levanté la cabeza, mire a la grada y allí estaba mi padre, huérfano en aquel anfiteatro.
Me incorporé y caminé hacía el coche. Subimos en silencio y así fuimos hasta casa.
Cuando llegamos me dijo:
- Trae todas las bolas de beisbol que tengas y ve al patio trasero. Pídele a tus hermanos las suyas. Te espero allí.
Reuní doce bolas de beisbol, las coloqué en un cesto y me dirigí al patio. Allí estaba esperándome, remangándose, como hacía cuando nos pegaba. Pensé, me va a enseñar como capturar una bola, va a entrenar conmigo.Genial.
- Dame el cesto de bolas y ponte en la pared.
- Papá, el sol me cegó, no la vi llegar y después del golpe veía doble.
- Ahora aprenderás a coger una bola – dijo secamente.
Sin darme tiempo a colocarme para recibir y a escasos cinco metros empezó a lanzarme bolas con todas sus fuerzas, una detrás de otra. Las bolas me golpeaban como proyectiles por todo el cuerpo, en el pecho, en la espalda, en la cabeza, en un brazo, otra me dio de lleno en los testículos y al doblarme de dolor y caer al suelo, cubriéndome la zona con ambas manos, me lanzó otra en la cabeza, que desprotegí momentáneamente . Así fue cayendo aquella lluvia de dolor físico mientras me gritaba encolerizado y hecho un auténtico energúmeno:
- Eres un mierda, la escoria de la familia, un autentico perdedor. Nunca he pasado tanta vergüenza, por tu culpa, por ser el padre del hijo de puta más grande de la tierra. Eres un fracasado ya, con diez años, despreciable y ruin. Te voy a matar a bolazos.
Yo estaba en el suelo, totalmente encogido y con las manos cubriéndome la cabeza. Recogía las bolas del suelo y seguía lanzándomelas con furia. Me lanzó más de cuarenta bolas. Ya no sentía dolor. Me desmayé.
Toda mi familia estaba dentro de la casa escuchando la clase de beisbol. Nadie salió.
Una semana estuve en cama recuperándome de todos los hematomas que me dejó. Los tres primeros días los dolores fueron insoportables. Sólo una vez entró en mi cuarto, el segundo día, vino hasta mi cama, yo me incorporé como pude ( siempre quería que nos cuadrásemos en su presencia ) y, mirándome a los ojos, me cruzó la cara y me llamó hijo de puta. Después se fue.
- Max, tu padre aún vive? – preguntó Cut con un hilillo de voz.
- No, el año pasado, el día de su setenta cumpleaños, le pegaron un tiro en los aparcamientos de John and Peter’s, conoces ese bar? – le preguntó Max
- Si, suelo ir mucho; tienen buen blues
- Era un sábado, sobre las dos de la mañana, había mucha gente, pero nadie vio nada. No se detuvo a nadie. La policía no encontró a ningún culpable y cerró pronto el caso. Nadie reclamó el cuerpo y lo incineraron con gasto al erario público, como a los sin techo. Finalmente, mi hermana Rose, recogió las cenizas y las arrojó por una alcantarilla. Mi hermano Kev y yo fuimos con ella. Después fuimos a John and Peter’s y nos emborrachamos, bailamos y jugamos al billar. Nadie nos dio el pésame.
- Coño Max, se me ha hecho tarde, me voy
- Ok, amigo, toma llévate estos dos cogollitos. Mira que aceite más rico tienen.
- Gracias Max, eres un gran tipo.
Y dicho esto salió de la casa aturdido y precipitado, con los oídos pitándoles. Cuando Bel le preguntaba sobre sus visitas a Max, Cut le contestaba casi siempre lo mismo:
- Bien, buen tipo; estuvimos escuchando música y fumando un poco de "dope".
No le hablaba de las armas ni de las historias, aunque ella sabía que era un veterano. Bel odiaba las armas de manera activa; pertenecía a una asociación que estaba en contra de éstas y reclamaba endurecer los requisitos para la adquisición de las mismas. A su vez, exigían la reducción del excesivo gasto militar en el que incurren todas las Administraciones norteamericanas, sean del signo político que sean.
Llegamos al mes de Agosto y todo se mantenía más o menos de la misma forma. Se iban a trabajar sobre las nueve; él la llevaba en la moto al hiper y se iba a la oficina de Tim, que lo recibía todos los días con una Budweiser bien fría, según el pequeño Timmy, el mejor de todos los desayunos posibles. Con la botella en la mano, subían a la pick-up junto a Cris, a la postre el mejor amigo de Cut en América y Mordecai, un judío pequeño y feo, de ojos saltones y con una nariz muy adecuada para un hijo de David, y que a Cut le parecía el tío más gracioso, por ingenioso e inteligente, que había conocido en mucho tiempo. Tim los llevaba a la casa que estuvieran pintando, sacaba una birra para cada uno de la nevera portátil que llevaba en su "fregoneta", la segunda de la mañana era siempre Leffe, y recomendándoles que trabajaran duro o de lo contrario no les pagaría, partía veloz como un rayo, riéndose como un descosido, hacia las otras casas donde tenía más gente laburando para él. A pesar de su alcoholismo, Tim era un currante nato, un buen jefe y conforme fue avanzando la relación entre ambos, Tim le demostró, que era una magnífica persona en quien se podía confiar. Cada dos horas volvía a pasar, dejaba unas cervezas, siempre cambiaba de marca y así echaban el día, pintando, charlando, riendo, bebiendo y fumando, al solecito del verano de Míchigan. No era mal trabajo, no señor. A las dos daban de mano, para volver a las tres, y aunque Tim invitaba a comer a la cuadrilla, Cut cogía su moto y volaba para comer con Bel, bien en el restorán del Hiper, bien en algún césped sombreado, a modo de pic-nic, que preparaban previamente en casa. Volvía al tajo y a las cinco cortaban, por lo que hasta las seis y media que salía Bel, Cut pasaba por casa, visitaba a Max, se duchaba, e iba a por ella con una sonrisa en los labios.
Una tarde que llegó un poco antes, entró a hacer la compra. Al llegar a la caja Bel le guiño un ojo y se puso seria. Pasó los artículos y dijo:
- Son tres dólares con treinta, señor.
Cut pagó y salió. No hablaron hasta que llegaron a casa y allí Bel le dijo:
- Es muy fácil, no hay prácticamente seguridad, sólo dos personas, una señora gorda y un señor mayor cojo que van vestidos de paisanos. Es imposible que nos cojan. Podríamos aprovecharnos. Además, no hacemos mal a nadie. Te aseguro que el Señor Mayers es inmensamente rico y a nosotros nos vendría bien.
- O.K. – cedió Cut- pero solo de vez en cuando.
Pasaron dos días y al tercero Cut volvió al hiper, cogió un carro y lo llenó con todo aquello que le apetecía; licores de todo tipo, gafas de sol, la comida más sibarita, algo de ropa, discos; total, un carro de doscientos y pico dólares. Después fue a la caja donde estaba ella. Hicieron como que no se conocían, apenas hablaron y ella pasó toda la mercancía:
- Son cuatro dólares con veinte – le dijo muy seria.
Cut pagó y salió con su compra. Esa noche había venido con el coche de ella. Cuando ella llegó se abrazaron nerviosos. Montaron y se fueron a casa. A partir de ahí la cosa se repitió noche si, noche no. Hicieron un par de fiestas en su casa donde no faltó la comida y la bebida, cervezas de importación, licores de todo tipo. Estaban viviendo una vida ilegal y a un nivel que no les correspondía. Los amigos alucinaban y no podían imaginar lo que estaban haciendo pero se maravillaban con la hospitalidad y el desprendimiento de la pareja, algo tan inusual en América, sobre todo en aquella gente tan joven y bastante limitadas en sus economías. Sus amigos lo achacaban principalmente al carácter simpático y generoso de los españoles, o al menos, de aquel español de sonrisa franca, jovial y cachondo. Por las noches y ya en la cama, después de hacer el amor, solía salir el tema y aunque ambos sabían que no estaba bien lo que hacían, aquello era tan fácil que no se avenían a atajarlo. Así que continuaron con aquellos hurtos que le proporcionaban un excelente nivel de vida.
Una noche que regresaban a casa, Max, el vecino, los esperaba en la puerta de su apartamento. Lo saludaron e invitaron a pasar. Sacaron unas cervezas y se sentaron a charlar. Después de varias cervezas Max, incomprensiblemente, empezó a ponerse grosero con Bel. Esta, miraba a Cut como si no diera crédito a lo que oía. Empezó diciéndole que la casa estaba mal cuidada y sucia, lo cual no era del todo mentira, y que ella no se ocupaba de mantenerla. Bel, al principio, trató de excusarse diciéndole que trabajaba durante el día y que por la tarde, cuando llegaba a casa, no tenía ganas de ponerse a limpiar. Pero él continuó increpándola. Cut no alcanzaba a captar todo lo que allí se estaba diciendo. Llegó un momento en el que Bel, agotada su paciencia, empezó a “fuckear” lo que quiso y a mandar al tío a la mierda. Cut se puso en pie e instó a Max a que se fuera, pero ambos le ignoraban, enzarzados en la discusión, y no le echaban cuenta. Aquello se había convertido en una batalla entre los sobrinos del Tío Sam, que chillaban como dos cretinas histéricas. Fue en ese momento que lo vio claro. Además, Bel, en el colmo de su incredulidad, empezó a reírse como una loca en la cara de Max, no podía parar, había perdido el control y los nervios, hasta que acuciada por la petición de Cut de que le tradujera, paró de reír, se puso muy seria y le dijo a Cut:
- Sabes que está diciendo este hijo de puta? Pues que soy una guarra y una cerda, que no sé cuidar de mi casa, pero lo mejor no es eso; este mierda dice que no se cuidar de ti y que no te hago feliz. Que él sí que puede hacerte feliz, que sabe como hacer feliz a un hombre como tú.
Y dicho lo cual se fue hacia Max y haciendo caso omiso de bastones e incapacidades, a empujones y amenazando con llamar a la policía lo echó de la casa, dándole un portazo en las narices. Aún el otro, aporreó un poco la puerta con la gayata y gritó algo acerca de dos tiros. Bel se dejó caer sobre el sofá, cansada por el esfuerzo de echar de su casa a empujones a un ex-marine con catorce muertes documentadas y otras veinte confesas. Cut permanecía de pie, con los ojos espantados y mirando a Bel un punto horrorizado. Morir tiroteado por un M-14 calibre 7,62 en manos de un ex –marine, veterano de Vietnam, dado por inútil por pirado y más aficionado a la yerba que el genial Bob, el jamaicano, desde luego, no era su idea de una muerte, al menos, cómoda.
- Pero Bel, cariño, que has hecho, te has vuelto loca? Cómo te pones a darle empujones a un cojo con bastón?
- Qué yo estoy loca? Pero tú lo has oído? Tú has oído todo lo que me ha dicho el maricón ese de mierda, borracho, cojo, cabrón? – Y rompió a llorar convulsamente acompañado de hipidos trémulos.
- Pero, cielo, tampoco era para eso. Con decirle que no a su propuesta, bastaba.
Bel no dejaba de llorar, pero ahora era ella la que lo miraba incrédula por su actitud.
- No puedo creerme que encima lo defiendas, después de las cosas tan horribles que me ha dicho. ¿Desde cuándo eres tan considerado con aquellos que me insultan? ¿no fuiste tú el que le dio un puñetazo al gilipollas aquel que me metió el dedo en el culo en el concierto de Jhonny Winter en Sevilla? ¿Es que ahora vas a tenerle miedo a un mariquita cojo, más quemado que la moto de un jipi?
- No es eso, pero no me parece bien la forma en que lo has tratado
- ¿Qué no te parece bien, qué no te parece bien…? – y soltó un alarido y estalló en un llanto que parecía no tenía fin de tan largo fue.
Cut decidió callar, al menos, dejó de recriminarla y se concentró en calmarla. La abrazó y la estuvo acariciando mientras le decía cosas bonitas hasta que se durmió en sus brazos. Pero Cut no pudo dormirse, sino que tenía más ojos que un gato en una pelea y era consciente de que en el sofá del salón, donde se encontraban en aquel momento y debido a las dos cristaleras que daban al jardín posterior, de fácil acceso desde la calle, eran tremendamente vulnerables. No tenía muy claro si usaría el M-14, por eso del ruido. Quizás se decantase por el Colt 1911, modelo A1, pues Cut descartó cualquier tipo de granada desde el primer momento. Finalmente y para que su desesperación fuera máxima, Cut llegó a la conclusión de que Max los degollaría con alguno de sus dos cuchillos o que incluso le daría uso a los dos. Fue entonces cuando Bel despertó brevemente y Cut le dijo que se fueran a la cama.
Bel se volvió a dormir. La situación vivida había exigido mucho de sus nervios y estaba exhausta. Así que Cut volvió a quedarse solo con sus aterradores pensamientos. En primer lugar, le daba rabia que en un mes que llevaba conociendo a ese tío no hubiera sospechado en ningún momento que fuera gay. La verdad es que nunca le dio motivos para ello, a excepción de la alegría que le daba cuando iba a visitarlo, de lo bien que lo recibía y lo generoso que era con él. Siempre, cuando se iba, le regalaba un par de petardos y mientras estaban en la casa, le ofrecía de beber y de comer, tan insistentemente, que a veces lo apabullaba. Pero, por otro lado, el tío se veía tan machote, tan marine, tan rudo, siempre hablando de guerra, de motos, de música heavy que quien podía imaginar una cosa así. Cut llegó a pensar que tenía pocos amigos, nunca le vio otra visita y salía muy poco de casa, así que llegó a la conclusión de que era normal que se alegrara tanto cuando lo visitaba. Quizás era su único amigo en ese momento. Fuera como fuese, la situación había dado un giro inesperado y creía que con la reacción de Bel, se habían puesto en peligro. Justificaba plenamente el ataque de ira de Bel, él hubiera hecho lo mismo, de no saber lo que sabía, es decir, la locura del sujeto y el arsenal que guardaba. Agobiado por sus pensamientos y confuso en extremo, se dispuso a dormir; será lo mejor, pensó, mañana, si es que llegamos, con la luz del día veré las cosas de otra manera. Eso sí, a Bel ni una palabra de lo que tiene ese tío arriba. Esto lo arreglo yo hablando con él civilizadamente. ¿Cómo va hacernos algo este cretino? Estoy exagerando. Y acto seguido, cayó como en un estado de shock, con pesadilla incluida, en la que Steven Seagal y Chuck Norris lo perseguían por el barrio de Santa Cruz armados con un mortero y un bazoka respectivamente.
A la mañana siguiente Bel le dio detalles de la perorata del individuo. Aparte de insultarla diciéndole que era una mala mujer, que no lo cuidaba, que Cut se lo había confesado y también le había dicho que no la quería, que estaba con ella porque trataba de casarse y conseguir la “Green Card”, la carta verde, los papeles que le permitirían estar legal en USA. Además le dijo a Bel que ambos se amaban y que él sí sabría cuidar de Cut y de hacerlo, palabras textuales, el hombre más feliz de América. Como colofón explicó, que al final, ya en la calle, la amenazó de muerte, diciendo que le pegaría dos tiros. Cut, para tranquilizarla, le dijo que no se preocupara, que él hablaría con Max para que se calmara y que todo quedaría en una borrachera algo agresiva y perturbada.
- ¿Pero es qué piensas hablar con él? Capaz eres de pedirle disculpas porque lo eché a empujones. Pero bueno, es que no te conozco. A ver si va a tener razón el tío y estás enamorado de él. Pues por mi podéis iros los dos juntos a la mierda.
Aquello fue ya excesivo para Cut que explotó.
- Bel, no me toques los cojones que ya está bastante fea la cosa. Y a mí no me hables así y no digas gilipolleces. Haya dicho lo que sea, es nuestro vecino, tenemos que convivir con él de alguna manera y no quiero tener a nadie amenazando día y noche nuestra seguridad
- ¿Pero de qué seguridad me hablas? Ese es un desgraciado que no sabe más que fumar porros y leer revistas gays. Y en cuanto a los huevos que tiene, ya los viste ayer, que hasta una mujer lo echa a empujones. Cut, de verdad, no te comprendo. ¿Me ocultas algo? Yo no creo nada de lo que dijo ayer; pienso que son los delirios y desvaríos de un zumbado marica y además, borracho. Pero si hay algo de verdad, dímelo ahora.
- ¿Pero qué coño va a haber de verdad? Ese tío está loco y sólo dice absurdas paranoias, propias de un esquizofrénico. Pero eso es lo que me preocupa, que los locos no sólo dicen barbaridades, sino que también las hacen. Y no quiero vivir con esa amenaza constante. Ayer te amenazó de muerte.
- Mira , sabes que te digo, lo he decidido, ahora mismo vamos a la policía y lo denunciamos por amenazas.
- Déjate de llamar a la policía. Mira, vamos tarde, tenemos que irnos. Esta tarde seguimos hablando.
Se arreglaron y salieron en la moto para sus trabajos. La dejó y fue a encontrarse con Tim, Cris y Mordecai. Tim lo recibió con la Bud de las diez, pero Cut no estaba de ánimo y la rechazó. Tim insistió y Cut volvió a negarse.
- Tú te bebes la cerveza o te despido ahora mismo – dijo Tim de broma, pero adoptando un tono serio y poniéndole la cerveza en la mano.
Cut no pudo más y estalló. Tiró la cerveza al suelo, que explotó con el impacto y se fue hacia su moto. Los tres, Tim, Cris y Mordecai se quedaron con la boca abierta, atónitos ante la reacción del español. Nunca antes lo habían visto enfadado. Cris fue el primero en reaccionar y corrió tras él, impidiendo que arrancara la moto.
- ¿Pero qué te pasa colega? – le dijo suavemente
- Nada, sólo quiero que me dejéis en paz y cuando puedas, me haces la cuenta que me voy – le dijo a Tim que seguía sin reaccionar.
Entonces éste se acercó y le dijo:
- Mira, Cut, yo te hago la cuenta cuando quieras, pero creo que tanto estos dos como yo nos merecemos una explicación de todo esto, no crees? Soy tu jefe, pero también soy tu amigo y si tienes un problema debes contármelo.
Ahí Cut se derrotó, pues tenía razón. Además, pensó, éstos son los mejores amigos que tengo en este momento, las únicas personas en quien puedo confiar y los únicos que me pueden ayudar. No se lo puedo contar a Bel y, sinceramente, creo que sólo no puedo manejar esto. Necesito ayuda – pensó aceleradamente. Y bajando de la moto se subió en la camioneta de Tim. Los otros le siguieron, subieron y cerraron las puertas. Cut les contó la historia. Los tres escucharon con suma atención, haciendo preguntas de vez en cuando, para informarse bien de la situación y una vez concluido el relato sus caras no reflejaban nada halagüeño. Mostraban los tres expresiones de preocupación. La cosa no parecía fácil. Cris tomó la palabra:
- Cut, la situación es fea. Conocemos a ese tío, de toda la vida y sí, es un psicópata, está loco. No pienso que de verdad vaya a matar a nadie, aunque con un tipo así nunca se sabe, pero sí que puede haceros la vida imposible de alguna manera; puede meteros miedo si quiere y teneros en un estado permanente de pánico. Podéis denunciarlo, por amenazas, pero sin testigos, no le harán nada y entonces sí que se puede volver una pesadilla. Mi recomendación es que os vayáis de allí, busquéis otro apartamento o casa en otro barrio.
- Joder, pero si nos vamos ahora perderíamos la fianza, unos trescientos pavos. Y nos gusta la casa. Es una putada que un loco me vaya a echar de mi casa.
- Pues sí que lo es, pero con ese mierda no se juega – dijo Tim – Sé un par de historias acerca de él, que mejor no te cuento ahora.
- Mira, no me las cuentes, porque no pienso irme. Y asunto concluido. Bueno, no; Tim discúlpame por mi reacción anterior.
- No te preocupes por eso, no es nada, olvídalo.
- O.K., está bien, lo olvido, pero dame otra cerveza.
Y aunque todos rieron, Cut no los vio muy convencidos, con lo que quedó más preocupado, si cabe. A la tarde, cuando terminó el curro, decidió pasar por casa y hablar con Max. Había pasado todo el día pensando en que le diría. Trataría de explicarle que no era gay y por tanto, no era posible lo que él quería, pero que lo apreciaba como amigo.
Llegó y llamó a la puerta. Sin abrir, Max le preguntó directamente que qué quería. Cut balbuceo algunas palabras de disculpa pero la voz de Max lo detuvo:
- Mira, te diré una cosa. La próxima vez que llames a mi puerta que sea para entrar y quedarte aquí, dejando a esa puta que ya tendrá lo suyo – y acto seguido escuchó como cargaba el M-14.
Cut salió echando leches de allí con un dolor de estomago que hacía muchos años que no sentía. Fue a por Bel y trató que ella no notara nada. Aquella noche se la llevó a cenar fuera, después fueron a un bar de blues a escuchar música y beberse unas copas. Necesitaba olvidar y relajar un poco los nervios. Había sido un día duro. Además pensaba llegar tarde a casa. Así reducirían el riesgo de encontrárselo. Durante toda la noche no le dijo nada a Bel del tema. Llegaron sobre las dos y vieron encendidas las luces de la casa de Max. Bajaron de la moto y Cut le metió un poco de bulla a Bel para entrar. Se aseguró de cerrar puertas y ventanas. Se metieron en la cama. El dormitorio de ellos daba, directamente, pared con pared, con el de él. Sus patios traseros estaban separados por una valla. Bel se durmió al instante, tres whiskies siempre ayudan, pero Cut quedó despierto aquejado de un casual insomnio. Eran las cuatro de la madrugada y no dejaba de pensar en cómo salir de aquella situación cuando oyó ruidos extraños que llegaban del cuarto de Max. Parecía como si rascara en la pared que compartían con aquellos terribles cuchillos US Marines. Les estaba apretando las clavijas. Quería desgastarlos psicológicamente y a fe que lo estaba consiguiendo. Cut empezaba a sucumbir ante el ataque. Los ruidos cesaron y trató de dormir. Pasó una hora y todo se mantuvo en silencio, pero, cuando la noche era más cerrada y no se escuchaba nada, más que el silencio….PUUUUUUUMMMMMMM….sonó un disparo que hizo que Cut saltara de la cama, como impulsado por un resorte y miró aterrado a Bel que también se había despertado a consecuencia de la detonación.
- ¿Qué ha sido eso? – preguntó sobresaltada mirando a Cut buscando respuestas.
- Este cabrón que acaba de disparar – exclamó Cut totalmente agitado.
- ¿Pero a dónde….. y con qué?
- Ha disparado en su patio trasero y con qué, no sé, tiene varias armas.
- ¿Cómo que tiene varias armas? ¿Tú las has visto? – preguntó horrorizada
- Si Bel, las he visto, tiene hasta granadas de mano, tiene de todo, le falta un tanque.
- Vamos a llamar a la policía
- Ni se te ocurra. Vamos a hacer lo siguiente: vístete y nos vamos de aquí
- ¿Pero a dónde vamos a ir a estas horas?
- A donde sea, a casa de Cris mismo
Mientras se vestían volvieron a oír los ruidos de los machetes en la pared. Aquello era de película de miedo, con la salvedad de que era muy real y que ellos eran los protagonistas. Para colmo Bel empezó a ponerse histérica y se puso a gritar y a insultarle completamente fuera de si. Cut trataba de callarla pero no había forma, así que la dejó gritando, mientras Max continuaba haciéndole cosquillitas a las paredes con los cuchillitos. Salió por la puerta principal, encendió el contacto de la moto y la puso mirando para la calle, entró a por Bel, que continuaba evocando a toda la familia de Max, le puso un casco, con lo que la calló un poco y le dijo:
- Ahora vamos a salir de aquí a toda ostia, yo delante, tú detrás; tira de la puerta, sube a la moto y agárrate bien. Nos vamos. ¿Me has entendido bien?
Bel afirmó con el casco, se puso tras él y sin encender las luces del salón, alcanzaron la puerta, salieron, Bel cerró de un portazo, saltaron sobre la moto (menos mal que sólo en las películas de terror de serie B ocurre que la moto no arranca ni a la de tres), arrancaron y haciendo un caballito, huyeron de la casa del terror. Cuando se hubieron alejado un par de kilómetros de la casa, Cut detuvo la máquina en un parque, se bajó de la moto, se quitó el casco y se puso a blasfemar y a escupir sapos y culebras por la boca, mientras que Bel lo miraba llorando mansamente. Pasada la catarsis inicial se abrazaron y él se la comió a besos mientras le lamía las lágrimas que se desbordaban de sus bellos ojos de almendra. Volvieron a subir a la moto y fueron a casa de Cris. Este se alarmó al verlos llegar en tal estado y cuando le refirieron lo ocurrido, a él también se le desbordó la rabia contenida por la injusticia que sus amigos estaban padeciendo y que llevaba incubando desde que por la mañana Cut le contó la película. Más tranquilos empezaron a hablar pero concluyeron que, debido a que eran las seis de la mañana, lo mejor sería irse a dormir un par de horas y llamar a Tim cuando se levantaran. El sería de gran ayuda. Y así lo hicieron. Cris les cedió su cama de agua y él se fue al sofá. Bel ya estaba en la cama, mientras Cut se quitaba los pantalones, cuando, tratando de romper la tensión y relajar el ambiente, sobre todo por Bel que estaba francamente asustada e intimidada, Cut les dijo :
- Joder, Cris, no me parece justo que tú duermas en el sofá. Dormiré yo en el sofá y tú duerme aquí en la cama, O.K.? – dicho lo cual se levantó yendo hacia el sofá.
- Bien, no me parece mal – dijo el otro y se metió en la cama con Bel –. Además, podría mostrarle a tu mujer lo que es un hombre de verdad – y pasando el brazo bajo el cuello de ella, recostó la cabeza de Bel sobre su pecho.
- La verdad Cris es que me encantaría, pero está noche tengo una jaqueca terrible. Sabes, un loco psicópata ha querido matarme y eso siempre me provoca horripilantes dolores de cabeza – expuso ella, continuando con la guasa.
Dicho lo cual explotaron en carcajadas. Cris la besó en la frente y cada uno ocupó su lugar para dormir. Cut abrazó con fuerza a su mujer y pronto quedaron dormidos.
Despertaron, hicieron café y llamaron a Tim que se presentó en menos de quince minutos en casa de Cris. Trajo donuts para desayunar. Le contaron lo sucedido y acordaron de volver todos juntos a la casa. Por el camino, en la pick-up de Tim, éste hizo hincapié insistentemente de que se trataba de un tipo peligroso, el tal Max. Había que andarse con cuidado. Dijo que no bajaran del vehículo, que él hablaría con el tipo. Cut se opuso:
- Escucha Tim, este es mi problema. No puedo esconder la cabeza y mirar para otro lado, mientras tú te encargas de solucionarlo. Si vas tú sólo a hablar con él, pensara que le tengo miedo, lo cual es cierto, pero no puedo demostrárselo. Tengo que enfrentarme a él como sea. Bajaré contigo y trataremos de que ese capullo entre en razón.
- Yo también iré – dijo Cris
- ¿Y yo qué hago? – preguntó Bel – porque, disculparme chicos, pero estoy realmente espantada, ya sabéis lo que me gustan las armas, y no tengo ningunas ganas de verlo.
- Tú te quedaras en el coche – concluyó Cut
Cuando llegaron a la casa bajaron los tres. Tim cogió una barra de hierro pero Cut se la quitó de las manos y la volvió a dejar en su sitio. Se dirigieron a la puerta de Max. Cris se adelantó y llamó a la puerta. Pasaron unos segundos.
- ¿Qué mierdas queréis? – grito Max a través de la puerta.
- Queremos hablar contigo, Max – dijo Cut.
- No tengo nada de que hablar. Fuera de mi jardín
- Oye, capullo, no queremos hablar contigo – gritó Tim, que a pesar de la temprana hora, las nueve de la mañana, ya tenía los ojos enrojecidos -. Lo que queremos - prosiguió - es decirte que dejes de molestar a esta gente y de hacer el loco con las pistolitas.
Cut se echó las manos a la cabeza pues no era de aquella manera como pensaba resolver el asunto. No quería enfrentarse a aquel tipo. El sentido común y la razón de las cosas versus la locura, la insanía y el desequilibrio, apoyado éstos últimos por un arsenal de armas de la guerra del Vietnam, era, sin lugar a dudas, una lucha desigual. Aquella lid no era pareja. Las reflexiones de Cut se cortaron de momento porque Max apareció en la ventana portando su adorado M-14 entre las manos. No más verlo, Cris dio un salto y corrió a refugiarse tras la pick-up. Bel bajo por la puerta opuesta a la casa y se agachó también junto a Cris. Cut quedó paralizado, observando la boca del cañón por el que esperaba ver aparecer fuego de un momento a otro. Y Tim, el gran Timmy, tiró el cigarrillo que estaba fumando y se dirigió con paso tranquilo hacia la ventana hasta colocarse delante. A Max no se le veía la cara, pues un visillo lo tapaba, pero era lo único que no podía verse, pues su cuerpo sin camiseta, sólo llevaba un pantalón corto militar y la horrorosa escopeta que llevaba colgada del hombro eran perfectamente visibles a través del cristal sucio.
- Eres un mierda y un maricón y lo has sido desde chico – le dijo Tim gritando lo suficiente para que el definido en tales términos lo escuchara -. ¡ Dispara, cabrón, venga, dispara y mátame igual que a todos los pobres cabrones que mataste en Vietnam. ¡ Dispara, hijo de puta ¡
Cut vio como Max hacía los movimientos necesarios, tal y como le había enseñado días atrás, para cargar su arma y sin pensarlo dos veces se tiró en lo alto de Tim empujándolo con fuerza y retirándolo de aquella ventana, hasta quedar fuera del campo de tiro.
- ¡¡ Pero tú estás loco, estás peor que él ¡! – gritaba Cut fuera de si -. ¡¡ Vámonos de aquí, vámonos de aquí cagando leches, pero ya ¡!
Y dando un rodeo, para no pasar por delante de la ventana y agarrando a Tim, que parecía disfrutar con la escena, por un brazo, lo fue llevando hasta el coche, donde Bel y Cris seguían apostados, con las caras pálidas. Max continuaba en la ventana apuntando al vehículo en el que montaba el grupo, todos encogidos y con las cabezas hundidas entre los hombros y la espalda doblada hacia delante. Tim arrancó, maniobró marcha atrás para salir y cuando parecía que se iban, bajo la ventanilla y sacando el puño le gruñó:
- Voy a volver sólo con mi pistolita y vamos a jugar tú y yo a los vaqueros – y sacando medio cuerpo por la ventana concluyó - ¡¡ Jodido maricón ¡!
- Vámonos de aquí, joder Tim, arranca ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ - gritaba el resto del grupo desesperado, con el cuerpo cada vez más escamoteado en el interior del coche.
Por fin salieron. Bel lloraba profusamente, Cris tenía la cara demudada, pálida y macilenta, parecía un cadáver; Cut callaba y miraba al frente, sentado en el asiento de delante mientras Tim vociferaba como un loco y daba golpes y puñetazos al volante y al techo del carro.
- Lo conozco desde que era chico y siempre estuvo loco. Todo el mundo le daba de lado en el colegio y se llevaba todos los cosquis y tortazos que se soltaban. Ese tío ya estaba loco cuando fue a Vietnam. Me acuerdo de una vez, que junto a otro, que estaba peor que él, fueron arrestados por ahorcar cuatro gatos negros frente a la puerta de la Iglesia Episcopal que hay en la Avenida Kennedy, un domingo por la mañana, mientras la gente estaba dentro asistiendo al oficio – y riéndose añadió –. Al salir la gente, se encontraron a los pobres mininos ahorcados de un poste de la luz mediante un ingenioso sistema de cuerdas. Los cogieron porque uno de los gatos era de su madre y la mujer se puso histérica al verlo.
Bel prorrumpió a llorar de nuevo con bríos renovados. Su amor por los gatos era desmesurado. Adoraba a aquellos animales. Tim era genial para levantar el ánimo del personal. Se disculpó como si los gatos fueran de ella y él hubiese sido el asesino. Era sábado, así que no trabajaban. Fueron a casa de Tim, un chalet a las afueras de la ciudad, donde vivía con su mujer y sus siete hijos. Cuando llegaron, dos de ellos, los más pequeños de seis y siete años, jugaban a lanzarse una pelota de beisbol frente al porche de la casa. El mayor de los dos, Ronney, dijo, cógela papá, lanzándole la pelota. Tim no estaba pendiente y la pelota fue a darle en pleno rostro. Los niños, sin decir ni mu, salieron a correr a esconderse por detrás de la casa, mientras Tim despotricaba contra su fertilidad.
- ¿Por qué no me hice la vasectomía hace 15 años? – gritó y de un puntapié embarcó una pelota de fútbol, que por allí andaba dispersa, en lo alto del tejado.
Entraron en la casa, la atravesaron y se sentaron en el patio posterior, un jardín mal cuidado repleto de juguetes y trastos por doquier. La mujer de Tim, Sunshine, bajó del piso de arriba y se reunió con ellos.
Sunshine o Rayo de Sol era la bella hija de un jefe Hopi, una de las muchas tribus indias que ocupaban el territorio americano antes de la llegada del hombre blanco. Los “Hopitu”, “El pueblo pacífico” estaban establecidos en la zona norte de lo que los españoles llamaron Arizona, por ser un territorio tremendamente árido y seco. La curiosidad principal de esta tribu se encuentra en sus principios sociales ya que eran matriarcales y matrilineales, por lo que la propiedad de los bienes, la casa y los campos de cultivo corresponde a la mujer y se deja en herencia a las hijas. Cuando una mujer pretende marido, elige al afortunado novio y le lleva durante tres días seguidos maíz molido a su casa para demostrar sus habilidades culinarias. Por su parte el hombre y sus parientes, a cambio, tejen sus dos trajes de novia. De tal modo que la novia regresa a casa con los dos trajes: ataviada con uno y con el otro bajo el brazo. Durante la ceremonia matrimonial el hombre lleva varios collares puestos. La mujer, celebra los esponsales, vistiendo uno de los trajes. La tradición indica quecuando muera y durante los funerales, lucirá el segundo traje, con el que será enterrada al objeto de tener buena presencia en el otro mundo. El día que Cut conoció a Tim fue durante una fiesta en casa de éste. En seguida amistaron y en mitad de aquella fiesta, Tim le mostró los collares rituales que llevó en su boda, así como el vestido que llevó ella, hecho por la madre de Tim. Cuando Cut le pidió que le enseñara el segundo traje, Tim se llevó las manos a la cabeza y le dijo alarmado:
- ¿Qué quieres, matar a mi mujer? Nadie puede ver ese vestido, traería mucha mala suerte. Está muy bien escondido y sólo saldrá de su escondite el día que Sunshine muera y tengamos que ponérselo. ¿Tú estás loco? – era su frase favorita, quizás la cantidad de veces que se la habrían dicho a él durante su vida.
Cut estaba secretamente enamorado de Sunshine, aunque de una manera platónica. Rayo de Sol era de una belleza excéntrica. Su rostro era de una simetría exagerada, con unos ojos almendrados del color de la miel de azahar, una boca de labios finos de un intenso rojo carmesí y los pómulos afilados, propios de la gente de su raza. El color moreno de su piel era de una tonalidad totalmente diferente a cualquiera que Cut hubiese visto con anterioridad; además poseía un brillo que aún lo hacía más inaudito. Su cabello, liso y tan largo que le llegaba hasta la mitad del culo, tenía un lustre y un fulgor que parecía otorgarle una aureola de luz alrededor de su persona. Era casi tan alta como Cut, delgada y con una cinturita que remarcaba un culito respingón. A pesar de haber sido madre siete veces sus pechos, generosos, se mantenían recios y altivos, así como su vientre liso y sin la más mínima arruga ni estría. Cut había tenido la suerte de verla desnuda en varias ocasiones pues algunas noches se habían bañado todos en pelotas en casa de Cris. Sunshine era una mujer portentosa en muchos aspectos, no sólo por su físico. Poseía un tono de voz muy suave y una manera de hablar tan pausada que inspiraban y transmitían paz y tranquilidad. Una sonrisa suave le bailaba en la cara y emitía sabiduría en todos sus comentarios. Tenía amplios conocimientos acerca de multitud de temas, pero sobre todo de numerosos aspectos relacionados con la naturaleza y el porqué de las cosas. A Cut le encantaba estar con ella y escucharla y ella también disfrutaba de su compañía. Pasaban horas charlando y ella le narraba como era su vida cuando vivía en la comunidad, allá en las praderas de Arizona. Poco a poco le contó toda la historia de la Nación india y de su lucha contra el hombre blanco. Un día Cut, animado por el grado de confianza que se iba estableciendo entre ellos le confesó, que conociendo a Tim y a ella no veía muchos puntos en común entre ellos y sin embargo, era evidente que eran felices y que habían construido una hermosa familia juntos. Ella le sonrió enigmática y le prometió que un día le explicaría el secreto de su unión. Pero nunca llegó ese día.
Aquella mañana a Cut le pareció más guapa que nunca. No más lo vio se fue hacía él y besándolo, ya había saludado a Bel, lo cogió de la mano y se lo llevó a un columpio del jardín. Se sentaron e indagó por lo que le ocurría. Cut se lo contó con pelos y señales y ella escuchó todo el relato sin interrumpir ni una sola vez. Una vez que Cut calló ella le preguntó:
- Bien, ¿y qué piensas hacer?
- Que voy a hacer. Hemos tratado de hablar con él. Nos recibe con el fusil. Al final, antes de irnos, tu marido lo ha retado.
- Este Tim no tiene remedio – dijo moviendo la cabeza desaprobadoramente pero sin perder la sonrisa.
- Tendremos que mudarnos. No quiero vivir con esa angustia y si yo estuviera solo…, pero con Bel no me atrevo a arriesgarme. Si algo pasara no me lo perdonaría nunca. Pero sabes, me encontraba tan bien en esa casa. Además, si nos vamos, perderemos trescientos dólares de fianza…………y no estamos sobrados de pasta – dijo Cut apesadumbrado y con la mirada perdida.
- Entonces, ¿de verdad que no quieres irte? – le preguntó tornando a seria la expresión.
Cut la miró extrañado. ¿Qué quería decir con eso, no se lo había dicho ya, es más, no era evidente? Claro que no quiero irme, Sunshine, nunca había sido tan feliz en ninguna casa como lo estaba siendo en ésta. Pero, qué quieres que te diga, a la fuerza ahorcan, que dicen en mi país. Sunshine rió la expresión y el blanco de sus dientes iluminó la mañana. Le cogió de la mano y le dijo:
- Pues entonces no tendrás que irte. Yo hablaré con él.
Cut quedó atónito mirando a su amiga. Lo había dicho de una manera que parecía que todo estaba ya solucionado, que no había más que hablar. Pero aquello no podía ser. Ella no podía enfrentarse a ese monstruo. Cut, confusa y atolondradamente empezó a decirle que ella no podía hablar con él, que ya lo habían intentado ellos, le repitió que hasta Tim lo había amenazado y que nada dio resultado, pero ella ya no le prestaba atención. Dando la conversación por terminada se levantó y cogiéndolo de nuevo por la mano lo llevó con los demás. Ella tomó asiento y Cut, de pie y precipitadamente les explicó lo que Sunshine había propuesto y, para su sorpresa, los tres asintieron. Calló de inmediato, los miró desconcertado y se dejó caer sobre una silla. Como ninguno decía nada se decidió a hablar:
- Pero seamos serios, ¿cómo vamos a dejar que Sunshine vaya a hablar con esa bestia?, Tim, ¿tú no la dejarías, verdad? – Cut lo miraba impaciente. Como el interpelado no decía ni esta boca es mía, Cut, que empezaba a ponerse nervioso, exclamo: pero vamos a ver, ¿es que hay algo que yo no sepa? ¿es Sunshine cinturón negro quinto dan de jiu-jitsu? ¿ tiene un bazoka o un rifle más grande que el de ese tío? ¿ qué coño pasa?, decidme algo, joder.
- Sunshine es la hija del Gran Jefe Indio “Big River of Life”, Gran Rio de Vida – dijo Tim.
Se hizo el silencio. Todos la miraban y ella les sonreía. De repente, Cut estalló en una gran carcajada que derivó en una risa nerviosa e incontrolada que no podía detener. Todavía entre risas exclamó:
- ¿Y qué va a hacer, se va a presentar allí con toda la tribu? ¿van a desenterrar el hacha de guerra por ese idiota?, ¿o le van a mandar señales de humo?
Menos Sunshine que también reía, el resto le miraba con una actitud reprobadora en grado sumo. Fue ella quien tomó la palabra para decirle, con su sonrisa de siempre, pero en un tono que a Cut le sonó extraño, por no ser habitual en su manera de expresarse:
- No Cut, iré yo sola a hablar con él – dijo zanjando el asunto
Pero él no podía dejarlo ahí, así que dirigiéndose a Tim le dijo:
- ¿Pero tú vas a permitirlo? Tú has visto como se las gasta ese tipo. ¿No estarás pensando en serio que ella vaya a hablar con ese loco?
- Mira Cut, tú quieres quedarte allí, verdad, no te quieres mudar, no? Pues si alguien lo puede arreglar es Sunshine. Y si ella quiere intentarlo pues dejemos que lo haga, no tenemos nada que perder, no?
- Cómo que no tenemos nada que perder, la podemos perder a ella, le puede hacer daño, joder.
- No, de eso nada – dijo Tim riendo -. Ese tío no le va a hacer daño, ni le tocara ni un fleco de su ropa.
- Por eso no te preocupes Cut. No me hará nada. Sólo voy a hablar con él. Trataré de convencerlo de que os deje en paz, de que todo ha sido un malentendido.
- Yo estoy de acuerdo, pero ahora saca unas cervezas mientras yo enciendo la barbacoa, estoy muerto de hambre- dijo Tim alegremente como si de repente todo se hubiera arreglado y los demás, excepto Cut, que no salía de su asombro, se levantaron de sus asientos contentos y risueños.
Prepararon una barbacoa para ellos y los hijos de Tim. Pasaron el día comiendo, bebiendo cerveza y jugando al futbol con los niños. Y para nada se volvió a tocar el tema de Max. Cut pensó que lo olvidarían pero al caer la tarde, mientras estaban todos tirados por el césped contemplando la puesta de sol y cuando el “Lorenzo” casi se despedía hasta el siguiente día, Sunshine dijo con su maravillosa voz:
- Bueno, voy a ver a ese Señor. Iré en mi coche. Volveré en un ratillo.
- Pero, qué dices, tú estás loca – dijo Cut alarmado - ¿cómo vas a ir sola? -.
- Si alguno de vosotros viene no va a querer hablar conmigo.
- Pero no podemos dejarte que vayas sola. Coño, Tim, di algo, es tu mujer.
- Ya, pero que quieres que diga, tú lo estás haciendo muy bien – y riéndose le pellizcaba el culo a su esposa -. Mira yo haré esto - refiriéndose al pellizco - que seguro a ti no te sale tan bien – y en el suelo se revolcaba de la risa.
- Anda que no lo hace bien – exclamó Bel siguiéndole la broma
- ¿Mejor que yo, anda comprueba? – y tratando de cogerle el culo a Bel salieron los dos a correr por todo el jardín.
- Sunshine, ese tío es muy peligroso – dijo Cut preocupado
- Ya lo sé, me lo has dicho, pero tranquilízate, todo irá bien
- Pero, ¿y qué le vas a decir, cómo lo vas a convencer?
- No lo sé, ya se me ocurrirá algo.
Y levantándose se fue hasta el coche, se montó, arrancó y se fue. Allí se quedaron todos viendo como partía. Cut se lanzó hacia su moto y salió tras ella a pesar de las peticiones de los demás para que no lo hiciera. Decidió ir hasta su casa por otro camino para evitar que ella lo viera y al objeto de llegar antes. Cuando llegó aparcó a escasos metros de la casa y se apostó a esperar la llegada de ella. A los pocos minutos la vio llegar. Bajo del coche y dirigiéndose a la puerta de Max llamó al timbre. Este abrió, hablaron algo en el umbral y pasaron al interior, cerrando la puerta tras ellos. Al cabo de quince minutos Sunshine reapareció en el umbral. Para sorpresa de Cut, intercambiaron algunas palabras, se dieron dos besos y se despidieron cordialmente. Sunshine subió al coche y se fue de allí. Cut anduvo hasta su moto, arrancó y salió tras ella. La alcanzó por el camino y llegaron juntos a la casa. En el porche los demás esperaban ansiosos.
- No os lo vais a creer. Se han despedido dándose dos besos – exclamó un excitadísimo Cut.
- No es mal chico. Su problema es que está demasiado solo y carente de afecto – explicó Sunshine con su permanente sonrisa.
- Cuéntanos, qué le has dicho? – preguntó Bel.
- Nada en particular. Tan sólo le he hecho entender que todo ha sido un malentendido y lo ha comprendido. Le he rogado que disculpase a Tim por sus amenazas y le he invitado a una barbacoa para el próximo fin de semana. Me ha dicho que se disculparía en cuanto os viera.
- Si no os hubiera visto despediros, no me lo creería.
Aquella noche, cuando Bel y Cut llegaron a casa, Max los esperaba sentado a la puerta de su casa. Los llamó y les dijo que quería hablar con ellos. En pocas palabras les pidió que lo disculparan, que no sabía lo que le había pasado y que no se había portado bien con ellos. Cut y Bel, visiblemente aliviados, le dijeron que lo olvidara y que también les perdonara por sus insultos. Finalmente, le dio la mano a Cut, besó a Bel y el asunto quedó felizmente zanjado. La pesadilla había terminado. A pesar de la reconciliación, Cut dejó de frecuentar a Max por las tardes y se limitaban a saludarse cordialmente si coincidían entrando o saliendo de la casa.
Pasó otro mes y llegó Septiembre. Una noche Cut llegó al híper. Hacía varios días que no estafaban pero aquella noche ya habían decidido hacerlo. Un amigo en España, Paco, le había encargado el último modelo de botines, especiales para baloncesto, de la marca Nike, una autentica virguería. Fue a la sección de zapatería, buscó los zapatos, verificó la talla, diez y medio, medida americana, los cogió y sin probárselos, no eran para él, los metió en carro. Cogió algunas cosas más, no muchas, tenían de todo y se fue a la caja. Allí estaba Bel esperándolo. Pasó la mercancía y le pidió dos quince por todo. Sólo las zapatillas eran casi cien dólares. Ya en parking alguien lo llamó:
- Excuse me sir, could you came with me? – le dijo amablemente un señor trajeado que cojeaba ligeramente al andar.
Cut se excuso mintiéndole al decirle que no hablaba inglés, pero el señor insistió en que le acompañase. Cut no pudo negarse. Entraron en un despacho y le interrogaron por la mercancía que llevaba, pidiéndole el ticket de compra, pero dijo que no lo tenía, que lo había tirado. Al rato entró una señora gorda con Bel:
- Deja de disimular, nos han cogido – le dijo ella en español.
Hablaron algo con ella y les dejaron marchar.
Ya en casa, Bel le explico que una señora de seguridad le siguió por rutina y que sospechó al verle coger unos botines tan caros y echarlos en el carro sin probárselos.
Fue a un ordenador central donde vieron lo que ella marcaba y descubrieron la estafa. Le dijeron que la denunciarían a la policía y que éstos se pondrían en contacto con ella.
Pasó una semana y les llamaron. Querían que Bel se presentara en una comisaría. Fue y habló con un inspector que le dijo que quería hablar con Cut. Los citaron en tres días en la Corte de Justicia.
Se presentaron y les informaron de que iban a ir a juicio. Efectivamente les asignaron un abogado de oficio que apenas los escuchó y, acto seguido, pasaron a ser juzgados.
Entraron en la sala de juicios de la Corte. Al fondo, sobre un estrado, había una mesa con un señor entogado. Era el juez. Los sentaron frente a él. El fiscal leyó los cargos, estafa en un supermercado por valor de ciento veinte dólares y en diez minutos los sentenció a tres días de privación de libertad en la cárcel del condado. Resultaba que cualquier apropiación indebida por encima de cien dólares, dejaba de ser hurto para convertirse en robo, lo que conllevaba pena de prisión en lugar de multa.
Los separaron y pasaron a las dependencias de la corte desde donde los trasladarían a la cárcel. En Estados Unidos hay dos tipos de cárceles. Está la “prision”, traduzcámoslo como la prisión, donde pagan sus penas los delincuentes peligrosos, asesinos, violadores, narcotraficantes, etcétera. Y después esta la “jail”, cárcel, donde mandan a todos los que cometen delitos menores, como el consumo de drogas o de alcohol en la calle, pequeños robos, no pagar las multas…..
Ellos irían a la “jail” del condado. Era un jueves por la tarde. Cut estaba asustado a la vez que curioso por la situación. Nunca pensó que todo acabaría así. La verdad es que nunca pensó en cómo podría acabar aquello. Por su mente pasaban todas las películas sobre cárceles que había visto en su vida. Su mayor preocupación era la posibilidad de que alguien se encaprichara con su culito. Era uno de los mitos más constantes acerca de las cárceles, la violación de jóvenes indefensos, solos, que no pertenecen a ninguna banda que los defienda.
Lo esposaron junto a otros dos y les dijeron que salieran de la celda provisional donde estaban. Al pasar por las oficinas vio un paquete de Marlboro sobre una estantería y lo cogió. Estaba sin tabaco. Uno de los que iba esposado con él lo vio. Montaron en un furgón policial y ya se iban cuando se oyó un revuelo y un agente llegó al furgón y empezó a preguntar por el paquete. Cut hacía como que no entendía y el tipo que iba a su lado empezó a reírse y se lo dijo al agente. Cut sacó el paquete y lo entregó. El agente le increpaba y Cut ponía cara de no haber roto un plato en su vida. El furgón partió y al cabo de quince minutos llegaron a la jail.
Fueron entrando y pasando puertas que se cerraban. Los desesposaron. Le confiscaron todas sus pertenencias, le dieron un uniforme de rayas con un número y se cambiaron. Lo llevaron a una celda.
Había cinco tipos más y seis camas en tres literas. La habitación era amplia y tenía un baño con ducha de agua caliente separado de la sala principal y cerrada con una cortina. Todo estaba limpio y la gente se veía tranquila. A Cut le dieron la litera de arriba que estaba pegada a los barrotes que daban a un pasillo. Se presentó a sus compañeros y estos le dieron la bienvenida.
- Hi, I’m J.P. (yei pi, leído en español). I’m Spanish, from Spain, Europe.
Le gustaba especificar pues muchos americanos al decir Spanish pensaban que era hispano, es decir, de México, Puerto Rico, Cuba o cualquier país centro o suramericano. Y debido al rollo clasista que allí llevaban era mejor recibido como europeo que como latino.
Cut los observó: uno era mejicano. Un chaval joven y gordito que le dijo que estaría allí quince días; le habían cogido en la calle totalmente fumado y con un bolsón de mariguana. Se llamaba Carlos y con la Biblia en la mano, la única lectura de la que disponían en la celda, le decía que allí había descubierto a Dios. Era un buen chico y parecía bastante inocente. Después estaba Mitch, un filipino alto y fuerte, al que le habían caído siete días. También había sido detenido por fumar hierba en la calle. Era muy simpático y dicharachero y como Carlos, se hizo amigo de Cut. También los acompañaban dos tipos jóvenes, grandes, rubios y gordos, americanos blancos que sólo hablaban entre ellos. No se trataban con los demás. Tenían aspecto de camioneros, cuajados de “tatoos”, cara de brutos, sonrisa bobalicona y de cada diez palabras que decían, siete eran “fuck” o sus derivados (fucker, mother fucker, etc.). Realmente escasos. Mataban el tiempo jugando a las cartas. Dijeron que los cogieron bebiendo cerveza en el coche mientras conducían. Tres días a la sombra. Cut trató de entablar algún tipo de conversación con ellos pero desistió. Sin duda eran un par de xenófobos para los que un español, un filipino y un mejicano no eran bienvenidos en su mundo. El último era un negro como un armario ropero de dos metros, también muy hermético y del que ni Cut, ni nadie de allí, pudo averiguar cuanto tiempo pasaría ni que había hecho para merecer tan alto honor. Así que, visto lo visto, hizo grupo con Mitch y Carlos.
Llegó la hora de cenar y abrieron la puerta metálica que custodiaba la celda. Todos salieron al pasillo y fueron hasta un gran comedor. Cut estaba sorprendido de lo relajada que estaba la gente. Todo el mundo era amigable, charlaban, reían y no había discusiones. Entro en un inmenso comedor, cogió una bandeja y se sirvió. Era un self-service y todo venía envasado (zumos de frutas, perritos calientes o hamburguesas como en los Burguers, refrescos, de postre helado, envasado, claro). Todo tremendamente aséptico y aseado, limpio y ordenado. Aquel esmerado servicio era gentileza y corría a cuenta de los amables contribuyentes del estado de Michigan.
Una vez que hubieron entrado todos los reclusos en el comedor, unos trescientos según los cálculos de Cut, cerraron las puertas. Por los cristales que daban al pasillo de acceso, los hombres, ya acomodados en sus mesas, vieron pasar al grupo de mujeres, mucho menor, que se dirigían hacia su comedor. El revuelo que se formó fue impresionante. Trescientos tíos gritando y haciendo gestos obscenos a la treintena de hembras que a su vez reían y gesticulaban. Hasta los funcionarios se divertían con la escena. Y entonces la vio. Bel también lo vio a él y ambos se saludaron con amplias sonrisas y se mandaron besos volantes. Se tranquilizó, pues parecía que ella tenía buen aspecto. Además intercambiaron, a modo de “todo va bien, no te preocupes”, la señal con el pulgar hacia arriba.
Cut se sentó en una de las mesas de ocho y a su lado se sentó un tipo mayor, de unos cincuenta y tantos que empezó a charlar con él. Le contó que cada cierto tiempo se dejaba coger y pasaba unos días en la jail para recuperarse de la calle. Estaba feliz. Comía bien, dormía mejor y se duchaba con agua caliente. Cut no salía de su asombro y aprovechó para pedirle un cigarrillo que éste le dio. Volvieron a las celdas. Charlaron un rato hasta que apagaron las luces. Se acostó y durmió a pierna suelta.
A las siete y media los despertaron con una sirena. Se levantó y se duchó. No había mucho que hacer así que conversó con Mitch, el filipino. Este le contó que hacía en Michigan y como había llegado hasta allí. Había conseguido en Manila una beca para estudiar medicina en la Universidad de Michigan. Aquel tipo era un futuro médico. El fin de semana pasado, vino a Grand Rapids a visitar a unos amigos. Era sábado y por la noche hicieron una fiesta en el jardín trasero de la casa. Allí se juntaron unas cincuenta personas. Lo típico. BBQ, Barbacoa, mucha cerveza, música rockera y hierba en cantidad.
- Estábamos en el punto álgido de la fiesta. Eran las cuatro de la mañana. Recuerdo que Led Zeppellin recorría su autopista hacia el cielo. Me encontraba hablando, en un rincón del patio, con una rubita que ya tenía en el bote. Alguien me toco en el hombro y pensé que me reclamaban el porrito que tenía entre mis dedos. Le di una calada y, sin mirar, alargue el brazo con el porro para que lo cogieran. Nadie lo cogió. Me giré y me encontré de frente con una policía que me miraba divertida. Por encima de ella vi que varios policías más se ocupaban de apagar la música y de hacer que la gente desalojara el patio y se dirigieran hacia el porsche de la casa. Me parecía increíble. Según me dijeron, algunos vecinos nos denunciaron por ruido y consumo de drogas. Había como diez policías para una mierda de fiesta entre amigos. Nos registraron a todos. La poli a la que traté de pasarle el porro me registró de inmediato y me sacó una pequeña bolsa de maría que llevaba en el bolsillo. Así que me esposó y me subió en el furgón. Algunos pudieron deshacerse de lo que tuvieran. Seis más como yo, no. A los siete nos llevaron para la comisaria.
Pasamos la noche en el calabozo y el domingo entero. Hasta el lunes no nos vería el juez. En quince minutos nos condenaron a siete días en la jail por consumo y posesión de mariguana. Nos contabiliza el domingo que pasamos en comisaría, así que mañana, sábado, me voy. También es mi primera vez. Lo peor de todo es que he perdido una semana de clases y debo de ser cuidadoso con eso. Podría perder la beca y son muchos miles de dólares. Qué jodido son esta gente con todo lo que se refiere al consumo de hierba y alcohol. Nunca vi tanta policía como hay en Michigan.
- Sí, yo también estoy alucinado con lo estricto que son – dijo Cut y prosiguió. En España puedes llevar drogas encima, la que sea y siempre que sean para tu consumo, es legal. Incluso si te cogen consumiendo cualquier cosa en la calle a lo máximo que pueden llegar es a ponerte una multa, pero nunca meterte en la cárcel por consumir. Es de locos – remató su comentario.
Mitch tenía todo el cuerpo tatuado. Todos en la celda tenían tatuajes y Cut pensó en hacerse uno cuando saliera. Se lo comentó a Mitch y éste le dijo que podía hacerle uno si quería.
- Pero como vas a hacerlo, no tienes aguja ni tinta.
- Si, puedo hacértelo con una grapa de la Biblia. Así, además, será un tatuaje sagrado – dijo riéndose de su ocurrencia.
- Y la tinta de donde la vas a sacar?
- La hago quemando papel y añadiéndole jabón rallado.
La cosa parecía de locos. Cut se quedó pensando y finalmente se decidió.
- Pues venga, ya estas tardando – exclamó excitado.
Mitch extrajo una grapa de la Biblia y la afiló contra los barrotes de la cama. Cogió una hoja de papel, la quemó y mezcló las cenizas con jabón y agua removiéndolo todo y creando una tinta negra. Los demás, el mejicano y los rubios, excepto el negro que iba a su rollo, miraban divertidos, haciendo comentarios jocosos:
- Japo, qué le vas a tatuar al español, un torero? – dijo uno de los rubios y ambos rieron divertidos con sus risas caballunas.
- No, le voy a tatuar los cuernos de tu padre – le dijo Mitch deteniendo los preparativos y mirándolo de frente.
Las risas se cortaron y se hizo un silencio filoso como un estilete. El negro, tumbado en su litera, levantó la cabeza del libro en que estaba enfrascado. Carlos, el mexicano, se puso a mirarse los pies. Cut miraba a Mitch y lo vio tranquilo y relajado. Los rubios tensaron los músculos y se revolvieron en la silla. Cut pensó que aquello venía de largo. Además, el rubio uso un término despectivo y racista para dirigirse a Mitch, “Jap”. Todos esperamos, el gordo no decía nada. Pasados unos segundos de miradas criminales y homicidas, por fin, habló el tipo:
- Eso no es posible porque mi padre es un coyote, como yo y los coyotes no tienen cuernos – y estalló en risas estúpidas secundado por su lacayo.
Inmediatamente el ambiente se relajó y cada uno volvió a lo suyo; el negro a su libro, Carlos a su Biblia, los rubios a sus naipes, Mitch a sus preparativos y Cut a su pellejo.
A una orden de Mitch, Cut se sentó en el suelo con la espalda en los barrotes. Se levantó la manga de la camiseta y mostró a Mitch el lugar donde quería el tatuaje, concretamente en la parte superior del brazo izquierdo.
- Quiero que me hagas una B bien guapa – dijo pensando en su chica.
Mitch se sentó a su lado, cogió la grapa, la mojó en la tinta y se dispuso a la tarea. Todos mantenían silencio y estaban a la expectativa. Justo cuando Mitch iba a clavar la grapa se oyó un grito:
- What are you doing? You, stop it right now. Give me your names.
Una funcionaria afroamericana con obesidad mórbida preguntaba que hacían, les conminaba a detenerse a la vez que les demandaba el nombre. Mitch le dijo el suyo pero Cut hacía como que no entendía. Mitch le dijo que era español y que no hablaba inglés. La gorda se fue. Los rubios reían rabiosamente. A una mirada furibunda de Mitch las risas cesaron lentamente. Pasado un minuto la puerta de la celda se abrió con gran estruendo y la gorda, con otro funcionario, penetraron en la sala. El hombre, de aspecto latino, era un mexicano con bigote, le preguntó en castellano:
- Qué estabais haciendo, pendejos?
- Trataba de hacerme un tatuaje, pero este chico no tiene la culpa, yo se lo pedí – dijo Cut tremendamente preocupado.
- Pinche way, no entiendes que puede infectarse la herida y crearte un problema?
- Sí, sí, lo siento, no lo volveremos a hacer.
- Ok, ándate con cuidado.
- Vale, no se preocupe, por cierto, podría decirme cuando salgo de aquí?
- No lo sé, lo miraré. Dime tu nombre.
Cut se lo dijo y los dos funcionarios salieron. Al rato se escuchó por los altavoces centrales: “Mister Cut, sale usted el sábado a las 8 de la mañana”. Gracias, grito Cut.
Llegó la noche del viernes, fueron a cenar y de vuelta a la celda, Carlos, Mitch y Cut charlaron un rato sobre sus vidas. Carlos era un pobre “espalda mojada”, de los que se juegan la vida cruzando un rio para entrar ilegalmente en Estados Unidos. Durante un año fue atravesando todo el país trabajando como bracero en cualquier cosa que fuera saliendo, hasta llegar a Michigan, donde había conseguido un trabajo más estable como almacenista. Hacía dos semanas que un compañero de trabajo le dio una bolsa con varias onzas de yerba. Nunca antes había fumado. En su habitación se hizo un par de petardos y se los fumó. Decidió salir a la calle; eran las dos de la madrugada. Iba con un globo impresionante, se sentía flotar y lo veía todo de colorines. Entró en un campo de futbol de entrenamiento, de los que abundan por la ciudad, y se tiró por el césped. Vio el riego y buscó el grifo que accionaba los periquitos para regar. Hacía mucho calor, vio 102ºF (casi 39º Celsius) en un termómetro urbano. Sólo quería mojarse, refrescarse un poco. Lo encontró y giró la llave. Varios splinkers se pusieron en funcionamiento, dispersando el agua en todas direcciones. Carlos se entusiasmó y empezó a correr bajo el agua dejando que ésta le calara la ropa por completo. Estuvo un rato correteando mientras se mojaba hasta que cayó sobre el césped, extenuado y absolutamente empapado; se sentía como recién bautizado, según relató. Adoptó la postura del “Cannon”, con las piernas y los brazos abiertos y extendidos. La sirena lo sobresaltó, haciendo que diera un respingo. De un salto se puso en pie. El “FORD E85 Crown Victoria” de la Policía se había acercado a escasos quince pies de su presa, sin dejarse notar hasta que emitió su silbido alarmante y amenazador. Entonces se encontró con un foco-reflectante que lo cegaba y escuchó una voz que le decía a través de un micrófono:
- No se mueva de su sitio, ponga las palmas de las manos pegadas a la nuca y arrodíllese.
Entre la situación y el remojón, Carlos rompió a temblar, al principio de forma tenue y a los pocos segundos de manera atroz. Los dientes le castañeteaban pregonando su pánico. Los “cops”, una chica joven afroamericana y un cincuentón gordo con cara de irlandés bajaron del auto y muy lentamente se fueron acercando hasta él.
- What are you doing here, manito? (Qué estás haciendo aquí, manito? – dijo la poli divertida.
Debido a la temblona y el castañeteo de los dientes Carlos no podía hablar. Gesticulaba y al separar una mano de la nuca el otro poli le gritó:
- NO RETIRE LAS MANOS DE LA CABEZA – y sacó su porra reglamentaria – TUMBESE DE CARA SOBRE EL SUELO – vociferó de nuevo.
Carlos obedeció al instante dejándose caer sobre el mullido césped, sin quitar las manos de la nuca y golpeándose la cara sobre la hierba. Acto seguido y con prontitud el policía lo cacheó por las piernas, la entrepierna, la cintura y espalda.
- DESE LA VUELTA – ordenó el agente y procedió a realizar la misma operación por delante. Metió la mano en el bolsillo derecho de sus jeans y extrajo el bolsón de maría. Al verlo le hizo emitir un silbido largo y pronunciado. Con una sonrisa de triunfo, en su estúpida cara de borracho irlandés, le lanzó la bolsa a su compañera que la cogió al vuelo. Esta sopesó la bolsa, la abrió, metió la nariz y extrajo uno de los cogollos, mirándolo detenidamente.
- Pero que tenemos aquí; cinco onzas (unos 150 gramos) de la mejor mierda que hay últimamente en el mercado, la variedad “Papa’s candy”. Quién le vendió esto, manito? – le preguntó la poli negra.
Carlos, que había conseguido calmarse un poco respondió:
- Lo encontré en el callejón de ahí atrás, sobre un contenedor.
No lo esperaba, no estaba prevenido, por lo que el golpetazo con la porra que la poli le ajustó en el lomo, le hizo gritar de dolor y se le escapó:
- PERRRRA….. HIJA DE PUTA ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
Los efectivos del Cuerpo General de la Policía del estado de Michigan están muy dotados para los idiomas por lo que entendieron perfectamente aquellas cuatro palabras que, no siendo de su agrado, cayeron sobre el pobre Carlitos con las porras, y de espaldas como estaba, le golpearon en el culo, en las piernas, en la cabeza y por supuesto, en el espinazo.
Cuando se cansaron de darle lo esposaron, lo levantaron como pudieron, iba semiinconsciente, y a empujones, lo metieron en el coche, llevándoselo detenido bajo los cargos de posesión ilegal de marigüana y resistencia a la autoridad. A los dos días pasó por un juez que lo condenó a veinte días en la jail del condado. Según Carlitos, lo peor era que había perdido su trabajo.
Terminó de contar su historia y quedaron tan impactados y tristes que dejaron de hablar, dando por terminada la sesión. Apagaron las luces y se acostaron. Cut no podía dormir. Se moría de ganas de fumar. Desde que entró sólo fumó el cigarrillo que le dio el vagabundo. En su celda sólo el negro tenía tabaco y aunque Cut le pidió uno durante la tarde, éste se lo negó. Cut observó que guardaba el paquete en una caja grande bajo su cama. El negro dormía en la litera de al lado, abajo. Y roncaba como un tractor viejo. Cut calculó sus posibilidades. Finalmente se decidió. Lentamente bajó de su litera, sentándose en la cama de Carlos y antes de que éste le preguntara, le indicó con el dedo en la boca que mantuviera silencio. El negro dormía sobre el costado, mirando hacia el lado opuesto. Sentado en la cama y muy despacio, Cut deslizó su mano bajo la cama del negro. Tanteó y extrajo limpiamente el paquete de tabaco. Lo abrió y contó nueve. Sacó cinco y cerró el paquete devolviéndolo a su lugar de origen, la caja bajo la cama donde dormía el negrazo de dos metros. Justo en el momento en que sacaba la mano el negro se dio la vuelta. Cut, quedó paralizado por el terror y su corazón, su estomago y su miembro se encogieron simultáneamente. Carlos lo miró aterrado. Afortunadamente, el negro siguió roncando.
De vuelta e instalado en su litera y controlada la arritmia cardiaca encendió uno y le ofreció otro a Carlos que angustiado lo rechazó.
- Estás loco, español. Este cabrón los tendrá contados y mañana se dará cuenta. Te puede destrozar.
- No creo, y además, cómo sabrá que fui yo? Tú se lo vas a decir?
- No, yo no he visto nada. En fin, que sea lo que Dios quiera. Buenas noches.
- Buenas noches Carlos. Y no te preocupes.
La noche se le hizo larga. Apenas durmió y se fumó los cinco cigarrillos. Tenía ganas de salir y encontrarse con Bel para compartir sus experiencias y saber de las suyas. En esos pensamientos se encontraba cuando amaneció. Al rato, sonó la sirena. Todos se levantaron y Cut se fue a la ducha. Mientras el agua caía por su cansado cuerpo, pensaba en el negro y se iba acojonando. El único que le pidió un cigarrillo fue él. Estaba claro. Era el principal sospechoso. Salió de la ducha y empezó a vestirse. En breves momentos lo llamarían para irse. También Mitch salía esa mañana. Le dijeron a las ocho. El tiempo corría despacio. Con disimulo controlaba los movimientos del negro. Carlos empezó a hacerle señas y guiños. Se acercó hasta el mexicano, pero sin bajar la voz, lo que sería sospechoso, le dijo en castellano:
- Carlos, por favor, olvídate del tema y estate quieto. Deja de gesticular y hacerme señas. Si te ve, se va a dar cuenta de que algo pasa.
No acabó decirlo cuando vio que el negro se sentaba en la cama y extraía de debajo la caja de madera. Sacó una redecilla para el pelo y fue frente al espejo a ponérsela. Hecho esto volvió a sentarse y entonces cogió el paquete. Cut lo miraba de reojo y vio como abría el paquete. Cogió un cigarro y lo cerró. Se lo llevó a la boca, lo encendió. Le dio una bocanada, retuvo el humo en sus pulmones y lo expelió. Cut pudo ver, por su expresión facial, como se encendía una luz en el cerebro de aquel tío. Tenía aún el paquete en la mano así que lo volvió a abrir. Entonces sí que le cambió la cara a aquel animal. Se levantó de la cama de un respingo y los miró a todos, uno por uno. Los dos blancos charlaban entre ellos y Mitch el filipino había vuelto a la cama a la espera de que los llamaran. Cut miraba por los barrotes esperando impaciente que lo llamaran. Sólo Carlos miraba al negro esperando su reacción. Este lo notó, supo que estaba pendiente de él y le gritó:
- YOU, SOON OF THE BICHT, FUCKING MEXICAN, YOU’VE PICKED CIGARRETES FROM MY BOX. ( Tú, hijo de puta, jodido mejicano, cogiste cigarrillos de mi caja).
Carlos lo miraba aterrorizado. El negro se le puso delante amenazador y Carlos se dejó caer sumisamente sobre la cama.
CATACLAC PUM.
La puerta de la celda se abrió.
- Mister Cut, Mister Mitch, salgan de la celda – se oyó por los altavoces.
- I don’t know what you’re telling me ( no sé de qué me estás hablando)– dijo Carlos visiblemente asustado.
- YES, YOU KNOW IT PERFECTLY ( lo sabes perfectamente) – gritaba el negro colérico y rabioso.
Los demás miraban atónitos la escena. Cut rápidamente le dio la mano a Carlos, interponiéndose al negro, dijo bye y salió junto a Mitch. La puerta se cerró. Entonces se volvió y por entre los barrotes dijo en perfecto inglés y en voz alta.
- EH, YOU, MAN, YOU’RE WRONG. DON’T DISTURB THIS GUY. IT WAS ME, OK? AND NOW, FUCK YOU ( Eh, tú, capullo, estás equivocado. No molestes más a ese tío. Fui yo, de acuerdo? Y ahora, jodete – dicho lo cual se volvió y se fue por el pasillo.
Se hizo un silencio espectral. Los rubios, como no, prorrumpieron en una carcajada que hizo reaccionar al negro. Se tiró hacia los barrotes, agarrándose a ellos y aquello no era un hombre. Camino de la salida Cut escuchaba los gritos desgarrados y acojonantes del negro.
- I WILL KILL YOU, MOTHER FUCKER, I WILL SHUT YOU, SON OF THE BITCH. ( Te mataré, cabrón, te pegaré un tiro, hijo de puta).
Llegaron los dos al puesto de control y el guardia le preguntó:
- ¿Qué le pasa a ese?
- No tengo ni idea, quizás le duela la barriga – dijo Cut divertido
- Creo que se despide de nosotros. Nos echará de menos – añadió Mitch.
Hasta el guardia se reía. Firmó en un par de sitios, le devolvieron la cartera y el reloj mientras se escuchaban los aullidos del tipo. Los acompañaron hasta una puerta tras la cual estaba la calle. Se abrió y salieron. Allí estaba Bel esperándolo. Se abrazaron con fuerza mientras reían nerviosos. Mitch los contemplaba contento por la escena.
- Nena, vámonos cagando leches de aquí, no sea que nos metan otra vez. Por cierto, este es mi amigo Mitch. Mi chica, Bel – dijo Cut.
Ambos se saludaron y se besaron.
- Ok, os invito a un café con tostadas, huevos fritos y beicon – dijo Bel, buscándose dinero en el bolso.
- ¿Puedo pedir en lugar de huevos fritos, tortilla? – dijo Cut riéndose.
- Y hasta chorizo en lugar de beicon – expuso Bel, mirándolo a los ojos .
- Y para rematar; y si en lugar de café con leche, me pido una cerveza bien fría.
- Eso creo que no será posible, no sirven alcohol en los dinners – le explicó Mitch participando de la broma – y añadió – Pero al desayuno invito yo.
- Bueno, es lo menos que puedes hacer después del susto que me diste con la leche del tatuaje.
- Qué tatuaje? Te ibas a hacer un tatuaje? – exclamó Bel divertida.
Y entre bromas y risas se fueron alejando de la cárcel donde habían pasado dos días, que nunca olvidarían, pero a la que nunca más volverían.
Jp
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