Pasé tres años de mi vida, del 1995 al 98, en distintas ciudades del Perú. Durante ese tiempo me empapé de su cultura y de su historia. De todo aquello que aprendí escribí este relato. Para aquellos que no conocen la historia de la conquista de Perú por parte de Pizarro, les diré que lo que aquí describo está basado en hechos históricos verídicos. O sea, que lo que aquí cuento ocurrió realmente. Aún así, me he permitido ciertas licencias literarias para hacer el relato más interesante y que encajen todas las piezas, como son, por ejemplo las conversaciones que transcribo. Es evidente que tales conversaciones son fruto de mi imaginación, aunque siempre dentro del contexto histórico en el que se produjeron.
Espero que os guste y os entretenga por un ratito.
Un saludo


EL INCA ATAHUALPA

I
Sobre un trono de oro macizo meditaba el emperador. Se sentía feliz. Había conseguido unificar el Tawantinsuyo bajo un solo gobierno, el suyo.
Su padre, el rey inca Huayna Capac, dividió todo su imperio, el Tawantinsuyo, en dos regiones, quedando el sur, con capital en Cusco, en manos de su hermano Huascar y la zona norte, con capital en Quito, bajo su dominio.
Los recelos y la ambición brotaron pronto en ambos hermanos, por lo que la guerra estaba servida. El equilibrio de fuerzas era patente y fueron alternando victorias y derrotas en ambos bandos. En Cotabamba, junto al río Apurimac, en plena cordillera andina, se desarrolló la gran batalla final donde el general Calcuchima, al mando de las tropas de Atahualpa, logró infligir una estrepitosa derrota al enemigo, apresar a Huáscar y tomar Cuzco.
Ahora, el Señor de la totalidad del Tawantinsuyo, el gran Inca Atahualpa, reflexionaba sobre sus dos principales preocupaciones.
Acerca de la primera y más importante la cuestión era la de tratar de averiguar cual sería la decisión correcta en el asunto de su hermano Huáscar. La segunda, cuestión de menor calado que la anterior, era que hacer respecto a aquellos hombres que habían arribado a sus costas de quien sabe donde y que, por medio de mensajeros, le proponían enviar una embajada para presentarle sus respetos.
Su general predilecto y buen amigo Calcuchima trataba de asesorarle:

- Mi señor, creo que el problema del perro de Huáscar tuvimos que dejarlo zanjado antes de salir para Cajamarca. Así como dimos muerte a su familia anticipándonos a una futura venganza, tuvimos que ejecutar a Huáscar – zanjó el militar.
- Calcuchima, te respeto y te aprecio bien, pero si vuelves a llamar perro a mi hermano o a alguien de mi familia debes saber que te mataré con mis propias manos. No olvides que aunque es mi enemigo, también es mi hermano e hijo del gran Huayna Capac y sólo por eso merece todos tus respetos – dijo el rey, lanzándole una fiera y terrible mirada.
- Mi señor…. mi amigo… no ha sido intención de éste, tu humilde servidor, ofenderle ni ofender a su noble estirpe. Te ruego aceptes mis disculpas – se excusó el general, obviamente turbado.
- Disculpas aceptadas – dijo el rey seriamente y en un tono más conciliador añadió – Y tienes razón, debimos matarlo. No hay cabida para dos reyes en éste imperio y tenerlo preso provocará a la larga rebeliones y levantamientos indeseados.
- Señor, dé la orden de exterminarlo y encargaré al general Rumiñaui que lo ejecute.
- Así lo haremos pero no conviene apresurarnos. Quiero reunirme primero con los extranjeros y después veremos lo de mi hermano. Y respecto a este punto, cuéntame que informes tienes sobre ellos – inquirió Atahualpa.
- Bien…. Parece que desembarcaron por la zona de Piura hace varias lunas y desde entonces se han ido adentrando en la sierra pacíficamente hasta llegar a la afueras de Cajamarca donde han acampado. Son unos ciento setenta hombres, según mis observadores. Probablemente quieran comerciar. De cualquier manera y debido a su reducido número no suponen amenaza alguna, pues caso de ser belicosos podemos aplastarlos sin problema. En este momento disponemos de más de treinta mil hombres – dijo el general con orgullo.
- Entendido Calcuchima. Óyeme pues; concierta un intercambio de embajadas para la próxima luna llena.

II
El general salió de la estancia real y Atahualpa se sumergió en sus pensamientos.
Pasados unos instantes entró en la sala Paccha, la hermana menor del rey. Recorrió la sala a grandes trancos, casi corriendo y siguiendo el protocolo real se arrojó al suelo. Atahualpa la miró y espero unos segundos antes de hablarle.
- Paccha, hermana mía, ¿a qué vienen estas carreras y estos modos?
- Mi querido hermano, mi rey, vengo a solicitar vuestra protección – exclamó la princesa visiblemente alarmada mientras se arrodillaba.
- ¿Qué os ocurre…… qué os amenaza?
- Mi rey, el gran sacerdote Chicaiza está disponiendo la ceremonia que será ofrecida al Dios Inti con motivo de vuestra gran victoria.
- Así será; la victoria sobre Huáscar se produjo gracias a la ayuda del Dios Inti y es lógico que realicemos un ofrecimiento por su magnificencia. ¿Qué os asusta o es que no os complace el evento?
- No es eso mi rey; por supuesto que debemos realizar esa celebración y agradecer así su ayuda al Dios Inti pero, mi rey, Chicaiza quiere sacrificar a una joven virgen y ofrecerla en honor de Inti.
- Claro, como manda la tradición. ¿Acaso no conocéis nuestro acervo? ¿No es así como glorificamos a nuestro Dios?
- Si hermano, así debe ser. Pero el gran sacerdote Chicaiza me ha escogido a mí, como joven y virgen, para ser sacrificada. Y yo, mi rey, yo, no quiero morir – dijo la mujer entre sollozos.
El silencio se hizo en la gran estancia. La mujer seguía de rodillas, la cabeza gacha y las manos entrelazadas, mientras las lagrimas corrían por su bello rostro. Atahualpa le habló suavemente, como quien habla a un infante.
- Paccha, mi niña, mi adorada hermana, mi pequeña; debes estar orgullosa de ser la elegida. Serás entregada a Inti, se te colmará de regalos y tu estancia en la otra vida será gozosa y complaciente. No debes temer nada.
- No – gritó Paccha – nunca, no quiero ser sacrificada, no quiero morir, no puedes obligarme, buscad a otra, por favor, hermano.
- Bueno, hermana, no te preocupes, después de mi encuentro con los extranjeros trataremos este asunto. Y ahora, tranquilízate y ven aquí junto a mí.
Paccha se levantó y dirigiéndose hacia el amplio trono se sentó junto a su hermano. Atahualpa la estrechó entre sus brazos y la besó en los labios.

III
- Hernando, en ti confío esta misión. Debes convencerlo de que se reúna conmigo en la plaza central de Cajamarca. Lleva contigo una escolta de veinte jinetes.
El día señalado, Hernando de Soto, lugarteniente de Pizarro, acompañado de dos decenas de bravos a caballo se encontraron con el emperador, el Inca Atahualpa en las afueras de la ciudad. El efecto que causó, aquellos extraños hombres sobre aquellos nerviosos y fuertes animales, entre el enfervorecido ejército, fue de terror y espanto. Algunos, no más verlos, corrieron asustados y el rey mandó apresarlos y castigarlos por su cobardía y que con ello sirviera de escarmiento a los demás.
Atahualpa conversó con el español y se permitió tocar los caballos, animales nunca vistos por el pueblo inca hasta el momento.

- Mi capitán, Don Francisco de Pizarro, desea rendir pleitesía a su Majestad en la plaza de Cajamarca – dijo Soto a través del traductor, el indio Felipillo.
- Allí estaré mañana – afirmó el emperador.
-
El pueblo inca, que se hallaba de fiesta por la victoria bélica sobre Huascar, vitoreaba sin cesar a su rey.

IV

Al día siguiente, Atahualpa entró en la gran plaza de la ciudad para encontrarse con Pizarro, totalmente confiado y portado en andas con un séquito de tres mil hombres prácticamente desarmados y muchos de ellos ebrios de chicha, bebida alcohólica obtenida de la fermentación del maíz, debido a la celebración. Le salió al encuentro el fraile Vicente de Valverde con Felipillo. Este, el indio Felipillo, era un nativo que adoptó Pizarro nada más desembarcar y al que le enseñó los fundamentos básicos del castellano, con lo que les traducía del quechua, la lengua del país.
Tras los saludos y las primeras frases de contacto, el fraile le dijo al monarca:

- De parte del capitán Pizarro, le ordeno aceptar el cristianismo como religión verdadera y le conmino a someterse a la autoridad del rey Carlos I de España y al papa Clemente VII – dijo el fraile en alta y autoritaria voz.

Acto seguido le entregó una Biblia y un anillo como regalo.
El estupor del emperador Inca no conocía límites y aquellas palabras no tenían ningún significado para él. Él, que dominaba todos los territorios del Tawantinsuyo, él que había hecho cautivo a Huáscar, él que tenía sometidos a decenas de tribus distintas de la suya, los poderosos incas, no podía comprender como aquel puñado de hombres, cien o doscientas veces menor en número que su poderoso ejército, pretendía nada menos que doblegarlo así, sin más. Furioso arrojó el Libro Sagrado y el anillo a los pies del fraile.
El silencio en la plaza podía cortarse con un cuchillo. Atahualpa ignoraba que tal acción sería fatal para sus intereses y su propia integridad. Pues, éste acto de desprecio y su negativa a someterse, provocó la indignación de los españoles, quienes dispuestos estratégicamente alrededor de la plaza, rompieron el silencio al hacer fuego a discreción con su artillería y fusiles.
El desconcierto fue general. Los incas no entendían que pasaba pero la visión de cuerpos que saltaban y volaban despedazados por los zambombazos de los cañones y la posterior carga de caballería, más de cien caballos con sus respectivos jinetes empuñando unas terroríficas espadas, afiladas y punzantes, hizo que el pánico hiciera presa en ellos. Aquellos que no pudieron huir despavoridos fueron matados sin piedad. Los súbditos que portaban las andas del rey eran reemplazados según caían pero la carga de aquellos hombres era muy superior a la posible defensa de los incas. Uno de los atacantes trató de matar al monarca con un cuchillo, pero el propio Pizarro logró impedirlo, hiriéndose la mano en la acción y ordenó con un grito:

- ¡ Que nadie toque al inca, lo quiero vivo ¡

La matanza fue terrible; en el lapso de pocos minutos murieron cientos de incas y Atahualpa fue capturado.
Aquel fatídico día era el dieciséis de noviembre de mil quinientos treinta y dos de la era cristiana.

V
Cuando aquello se apaciguó y los indios fueron dispersados, Atahualpa fue conducido a una celda de diez metros de largo, por cinco de ancho y dos de alto, que pasaría a la historia con el nombre de “El cuarto del rescate”.

- Se trata de un prisionero pero al mismo tiempo de un rey y como tal debe ser tratado – dijo Pizarro a todos.

Y se dirigió al cuarto donde se hallaba el monarca confinado. Frente a frente los dos hombres se midieron con respeto.

- Sólo quiero garantizarle que será tratado con toda consideración y deferencia, y en su momento, será liberado. Pensamos escoltarle hasta la capital de su imperio. Por cierto, Alteza, ¿qué significado tiene Cusco?
- Cusco, o Qosqo en quechua, significa “ombligo del mundo”.
- Y dígame, qué precio le pone a su liberación? – preguntó ávido el español.

El Inca pensó un momento y respondió:

- Puedo llenar este cuarto, una vez de oro y dos veces de plata.
- Pues que así sea – aceptó Pizarro atónito ante la propuesta del monarca.

A partir de entonces se le permitió tener visitas y en la primera de éstas, ordenó a sus lugartenientes que empezaran a traer de los confines del basto imperio las riquezas pactadas, así como decretó la inmediata ejecución de su hermano, el rey depuesto, Huáscar. Temía que Pizarro a su llegada a Cusco lo repusiese en el trono.
Durante el largo periodo, varios meses, que transcurrió para trasladar hasta Cajamarca todo el oro y la plata necesarias para llenar “el cuarto del rescate”, el monarca fue estableciendo contacto con sus guardianes y, de este modo, se hizo muy amigo de Hernando de Soto que, a su vez, se convirtió en su protector. En un periodo muy corto de tiempo, Atahualpa aprendió a comunicarse en español y pronto no necesito la inestimable colaboración del indio Felipillo.
Los españoles que lo custodiaban solían matar las horas jugando al ajedrez, juego que por aquel entonces se había hecho muy popular. En la celda del emperador se reunían, además del conocido Hernando de Soto, otros caballeros: Francisco de Chaves, Juan de Roda y Blas de Atienzu.
Una tarde, Atahualpa se hallaba sentado junto a su amigo, observando una partida que éste jugaba con Blas de Atienzu. Pizarro se encontraba también en calidad de espectador. La partida estaba en su momento álgido y le tocaba mover a Don Hernando. Después de meditar largo rato se decidió por mover el caballo. Cuando se dirigía para tocar la susodicha ficha, se detuvo:
- La torre – susurró el emperador Inca.
Hernando de Soto quedó paralizado. Retrocedió en su acción inicial y volviendo a pensar durante varios segundos cogió la torre y emplazándola convenientemente dijo:

- Jaque mate.

Todos, Pizarro el primero, quedaron estupefactos. Efectivamente aquel movimiento del castillo ocasionaba el mate y otorgaba la victoria a Soto en detrimento de Blas de Atienzu.
Sin saberlo, Atahualpa acababa de firmar su sentencia de muerte. En aquel momento Pizarro constató un hecho que ya barruntaba hacia tiempo: el Inca era un hombre muy inteligente. Había que deshacerse de él.

VI
A los cuarenta días de su arresto, Atahualpa recibió una visita largamente deseada.
Sus captores, gracias a las gestiones de Soto, le permitieron entrevistarse con su hermana Paccha. El encuentro entre los dos hermanos fue efusivo y melodramático. Ella lloraba amargamente y él trataba de consolarla prometiendo que nada le pasaría y que pronto lo liberarían y marcharían hacia Cusco.
- Tengo dos cosas que decirte: Calcuchima cumplió con tu encargo y nuestro hermano Huáscar ha dejado de existir. Fue ahogado en el río Andamarca.
También te diré que yo no marcharé hacia Cusco. Dentro de tres días, el gran sacerdote Chicaiza celebrará la ceremonia en honor del Dios Inti para pedir por tu salvación y yo me ofreceré en sacrificio para alegrar a Inti y que consiga tu liberación. La decisión la tome yo.
- Querida hermana, me siento muy orgulloso de ti. Yo me encargaré de que no te falte de nada en la otra vida – dijo el emperador feliz por su elección.

VII
Pasaron seis meses y Atahualpa cumplió su promesa. Durante ese tiempo fueron llegando de todos los rincones del Tawantinsuyo riquezas sin igual. Los españoles nunca vieron tal cantidad de oro, plata y piedras preciosas y en sus espíritus bullía la codicia y la avidez por aquellos tesoros. Se completó la cantidad pactada, cubrir “el cuarto del rescate”, una vez de oro y dos de platas, pero Pizarro, lejos de liberarlo, decidió juzgarlo por cuatro cargos:
1. Fratricidio, por el asesinato de su hermano Huáscar
2. Idolatría, además del Dios Inti tenían otros dioses, como la Pacha-Mama, la madre tierra
3. Poligamia, tenía varias mujeres
4. Incesto, tuvo sexo con su hermana Paccha, durante la visita que ésta le hizo en el cuarto del rescate.
El juicio, que fue una pantomima, dejó los cargos listos para ser sentenciado a pena de muerte. Sería quemado vivo en la hoguera.
Atahualpa solicitó audiencia con Pizarro.

- Me decepciona usted Capitán Pizarro. Pensaba que era hombre de honor y que su palabra también lo era, pero veo que estaba equivocado.
- No lo crea usted así, Majestad. Yo lo hubiera liberado al pagar el rescate, pero el asesinato, así como la idolatría, la poligamia y el incesto son delitos que según nuestro código, que es el que impera ahora en estas tierras, se pagan con la muerte en la hoguera.
- Señor Pizarro, no le pediré clemencia por que será inútil, pero, por el contario, si quisiera rogarle una última petición.
- Si está en mi mano, no dude que se lo concederé – dijo Pizarro magnánimo.
- Según nuestras creencias, después de acaecida la muerte tenemos una segunda vida en la que disfrutamos de aquellas cosas que se entierran con nosotros. Para ello, necesitamos que nuestro cuerpo permanezca lo más entero posible, así si un hombre perdió un brazo en vida, éste se entierra con él para que lo tenga en la otra vida. Si me queman, no podré disfrutar de mi otra vida al estar mi cuerpo convertido en cenizas. Le ruego, le suplico, apelo a su bondad, para que sea ejecutado de manera que mi cuerpo sufra la menor pérdida posible.

Pizarro escuchó su disertación y se volvió hacia el fraile Vicente de Valverde con quien intercambio unas palabras, tras lo cual dijo a Atahualpa.

- Serás muerto por medio del garrote; a cambio deberá aceptar el cristianismo como religión verdadera y se someterá a la autoridad del rey Carlos I de España.

Atahualpa visiblemente derrotado asintió, se sentó y hundió el rostro entre sus manos. Por primera y última vez lloró el gran Emperador.

VIII
El cadalso estaba dispuesto en el centro de la inmensa Plaza de Armas de Cajamarca. Era un domingo, veintiséis de julio de mil quinientos treinta y tres. Habían transcurrido ocho meses y diez días desde su captura.
El emperador, el Inca Atahualpa, sería el protagonista de tres ceremonias que se celebrarían una tras otra. Primero, sería bautizado, convirtiéndose de esta manera al cristianismo, después recibiría la comunión y posteriormente sería ejecutado, por medio del garrote.
Amaneció pronto, a las cinco y cuarto y hasta las seis, hora prevista para los actos, el cielo se cerró en negros nubarrones. Durante el trayecto del Inca, fuertemente escoltado por el ejército de Pizarro pues se temía un ataque de los indígenas para salvar a su rey, las compuertas del cielo se abrieron, dejando paso a una tormenta torrencial, digna de la cordillera de los Andes.
En la tarima lo esperaban Pizarro y el fraile Vicente de Valverde que oficiaría el sacramento. También estaba su amigo, Hernando de Soto que votó a favor de conmutarle la pena de muerte.
El Inca llegó con la dignidad propia de un rey.
Sin más preámbulos el fraile le dio una cruz que el Inca sostuvo en sus manos y junto a su padrino, el propio Pizarro, pasó a ser bautizado. Adoptó el nombre de Francisco, pues su amigo Soto, durante el cautiverio le narró historias del santo de Asís. Terminado el sacramento del bautismo se pasó a la comunión y, posteriormente, el fraile le untó con los santos oleos. El Inca presentó una actitud grave ante aquella farsa, la misma que mantuvo cuando fue atado al poste. Se despidió de su amigo Soto y rechazando la capucha que le ofrecieron se aprestó a recibir la muerte.
A las seis y diez de aquella mañana y bajo lo que parecía el diluvio universal, el verdugo giró la tuerca y el gran emperador Atahualpa, el Señor de todo el Tawantinsuyo dejó de existir.

- Verdaderamente era un gran hombre – exclamó Pizarro.

Y girando sobre sus talones, bajo del cadalso y dirigiéndose a Blas de Atienzu, el gran enemigo del Inca, le ordenó:

- Ocúpate de enterrarlo cristianamente y con honores militares en la iglesia.

Así se hizo y durante un tiempo permaneció allí.
Cuando los españoles abandonaron Cajamarca en dirección a la capital del imperio, Cusco, en busca de más tesoros y más conquistas, los incas, desenterraron el cuerpo de su rey y se lo llevaron.
Nadie sabe donde está el más grande emperador inca que dio la historia, el gran ATAHUALPA.

Jp

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Comentario por María M. el octubre 16, 2009 a las 7:47pm
Siempre me he interesado muchísimo por la cultura prehispánica...has leído "El Dios de la lluvia llora sobre Méjico " ? me ha gustado realmente mucho tu relato....

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